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Patti Smith: del duende de Lorca al eco de Rosalía

Patti Smith con Rosalía en Madrid, el pasado octubre.

Patti Smith con Rosalía en Madrid, el pasado octubre. / LNE

Algunos artistas envejecen; otros adquieren con el tiempo una capa de profundo significado. Patricia, (Patti), Lee Smith pertenece a esta categoría. Su Premio Princesa de Asturias de las Artes consagra una trayectoria híbrida entre música y poesía y subraya su rabiosa modernidad intacta, esa energía casi sobrenatural que la convirtió en madrina del punk y que, décadas después, sigue latiendo bajo esa melena indomable.  Nunca fue solo cantante, ni poeta. Su obra habita ese territorio intermedio donde el verso se electrifica y la guitarra se vuelve palabra. En ese cruce resuena intensa la influencia de su adorado Federico García Lorca, cuya poesía —oscura, simbólica, profundamente musical— ha reivindicado en múltiples ocasiones. Smith encontró en Lorca una forma de entender el arte como herida abierta, como impulso que no se doméstica. Su manera de recitar, casi litúrgica, tiene algo de lamento lorquiano pasado por el filtro del Nueva York de los sesenta y setenta. Por eso entendemos su simpatía y admiración por Rosalía, tal vez la artista más lorquiana en la España actual, con la que compartió foto y elogios el pasado octubre en su perfil de Instagram, después de que la cantante española acudiese al concierto de Smith en el Teatro Real de Madrid dentro de la gira en homenaje a los 50 años de ‘Horses, el disco que la convirtió en un icono punk.

Ese Nueva York que fascinó al poeta granadino y que la atrapó a ella para siempre es otro fantasma que recorre su figura. Patti Smith es la reminiscencia de una América que ya se ha ido: la de las noches interminables en Studio 54, donde Bianca Jagger, Carolina Herrera o Jacqueline Kennedy Onassis, se mezclaban con gente como Smith o Warhol. Ella nunca fue exactamente parte de ese brillo; más bien orbitaba alrededor, observando, transformando esa frivolidad en materia poética. Su vínculo con Robert Mapplethorpe —su eterno cómplice, amante y espejo creativo— fue fundamental en esa transformación. Mapplethorpe la fotografió innumerables veces. Juntos encarnaron una idea del arte como forma de vida total, sin compartimentos. La muerte de él fue una herida que Smith convirtió, una vez más, en literatura. Pero si algo define su biografía es la coherencia radical con la que ha tomado decisiones difíciles. Una de las más reveladoras —y menos idealizadas— fue cuando, siendo muy joven, dio en adopción a su primera hija, insistiendo en que la acogiera una familia católica. Ese gesto, que podría parecer contradictorio en alguien asociado al espíritu rebelde del punk, revela una dimensión ética compleja, alejada de cualquier caricatura. Patti Smith, nacida en Chicago y criada entre Filadelfia y Nueva Jersey, nunca ha sido un estereotipo, aunque muchos hayan intentado convertirla en uno.

En la músical su nombre quedó ligado para siempre a “Because the Night”, la canción escrita junto a Bruce Springsteen, siempre de los dos. Hay quien sostiene, no sin cierta provocación, que el Princesa de Asturias podrían haber recaído en Springsteen. La comparación, más que restar, ilumina: mientras él representa a la épica americana en clave narrativa, Patti Smith encarna su reverso poético, su lado más crudo e intuitivo. En España, su figura encuentra un eco inesperado en Roberto Iniesta, recientemente fallecido, líder de Extremoduro, otro poeta eléctrico surgido desde los márgenes. Ambos comparten esa condición de “niños rebeldes” que nunca terminaron de domesticar su voz. Habrían formado un dúo improbable y fascinante como premiados: dos formas distintas de entender la palabra como arma y refugio.

Patti Smith, en el camino a los 80, también ha sabido envejecer sin traicionarse. Se ha resignado —o quizá ha elegido— una vida más tranquila, casi doméstica. Incluso en esa calma hay señales de continuidad: en su WhatsApp, por ejemplo, mantiene como imagen de perfil su foto con la portada de un libro de Dylan Thomas. No es un detalle menor. Thomas, como Lorca, como ella misma, pertenece a esa estirpe de poetas que hicieron de la intensidad una forma de existencia.

Su concierto en Gijón en 2010 permanece en la memoria de quienes lo vivieron como una especie de ceremonia laica. Allí no había nostalgia, sino presencia. Patti Smith no interpreta sus canciones como reliquias, sino como textos vivos que se reescriben en cada actuación. En una época obsesionada con la novedad superficial, Patti Smith recuerda que lo verdaderamente contemporáneo es aquello que sigue interpelando, incomodando, emocionando. Pocas figuras resultan ya tan necesarias como ella.

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