Opinión
Estrecheces de Ormuz
Antes de que el infarto (etimológicamente: no harto, no repleto) de Ormuz llegue a las terminales de la economía y la deje sin riego, hasta acabar poniendo en peligro tejidos y órganos, la calle se ha dado por aludida y empezado a tomar medidas para que la crisis no la pille con las manos en la masa: la monetaria, la laboral, la de la mezcla de materiales que día a día construye la economía. Cuando al encargar una obrita de andar por casa, comprar o vender algo, promover un pequeño negocio o pedir un aval en una oficina periférica ya te hablan de Ormuz para justificar el estrechamiento, mal asunto. Cuando, descontando el futuro por si acaso, te hablan del maldito Estrecho en la tienda del barrio sin venir a cuento (pues aún no ha llegado de veras a los precios) mal asunto. El síndrome de Ormuz en su fase mental realimenta el principio de infarto y puede bastar para provocarlo.
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