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Trump, el peor de todos

Los malos hábitos de un poderoso lunático

Si la historia se analizara en clave de contabilidad moral, Donald Trump cerraría el ejercicio con números rojos. No por una mala política —lo cual podría ser indulgente— sino por el método: gobernar como quien desmonta un motor a martillazos, sin importar quién quede debajo. Trump no solo tomó decisiones discutibles; institucionalizó el desprecio por el daño colateral, convirtiéndolo en política pública.

El caso de la paciente de cáncer colorrectal que murió tras la cancelación súbita de un ensayo clínico no es una anécdota trágica sino un patrón. Recortes arbitrarios, ejecutados sin control del Congreso, se traducen en millones de muertes evitables.

A esto se suma la indulgencia con el fraude, la desregulación ambiental y el sabotaje a la ciencia: ensayos cancelados, principios éticos pisoteados, el miedo elevado a política sanitaria. El resultado es más enfermedad hoy y menos conocimiento mañana.

En el exterior, Trump convirtió la diplomacia en un ring: amenazas a la OTAN, aranceles caprichosos y una hostilidad que erosiona la confianza de aliados históricos. En casa, normalizó la corrupción, confundió la presidencia con un negocio familiar y enseñó una lección peligrosa: las normas pueden romperse sin pagar precio inmediato.

Por eso puede considerarse el peor presidente de la historia de EE. UU. No por un error monumental, sino por una suma metódica de decisiones que debilitaron las instituciones y dejaron un legado de desconfianza que tardará años en repararse. La historia perdona a los audaces. No suele absolver, sin embargo, a los irresponsables.

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