Opinión
El mundo no nos espera
Existe una ilusión que cultivamos con esmero desde la infancia: la de que la vida obedece. Que si uno planifica con suficiente detalle, si traza el camino con la regla adecuada y avanza paso a paso, el mundo tendrá la deferencia de mantenerse quieto. Que las cosas, los otros, el tiempo mismo, nos aguardan con paciencia mientras terminamos de decidir. No es así. Nunca lo fue.
El mundo tiene sus propios planes, y rara vez coinciden con los nuestros. La llamada que cambia todo llega un martes sin aviso. La enfermedad no consulta la agenda. El amor aparece o desaparece en momentos poco convenientes para nuestra hoja de ruta. La historia, esa fuerza ciega y colectiva, sacude las estructuras que creíamos sólidas y nos recuerda, con su brutalidad característica, que formamos parte de algo mucho más grande e ingobernable que cualquier proyecto personal.
Y sin embargo, planificamos. Llenamos libretas, ponemos fechas, dibujamos metas en el horizonte como si el horizonte fuera una pared que algún día alcanzaríamos. Hay algo profundamente humano en ese gesto: una resistencia sorda a la contingencia, un intento de imponer orden allí donde el caos es la norma. Planificar es, en el fondo, una forma de creer que existimos con cierta permanencia, que mañana seguiremos siendo los mismos que hoy, que el hilo se mantendrá.
Pero hacer planes no es más que otra manera de medir el tiempo. Y medir el tiempo, al fin, es tan inútil como todas las demás formas que hemos inventado para domesticarlo. El reloj no detiene nada. El calendario no protege de nada. Son mapas de un territorio que se rehace a sí mismo cada noche.
Esto no debería conducirnos al nihilismo ni a la parálisis. La inestabilidad de la vida no es una condena, sino una condición. Lo frágil también es real. Lo provisional también merece cuidado. Quizás la madurez no consista en aprender a controlar lo que nos ocurre, sino en desarrollar una cierta soltura ante lo que no podemos controlar: esa capacidad de sostenerse cuando el suelo se mueve, de seguir caminando aunque el destino haya cambiado.
Vivir, en última instancia, no es ejecutar un plan. Es improvisar con dignidad.
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