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El populismo como atajo

Rufián, Abascal y el uso de munición peligrosa

Gabriel Rufián ha convertido la política en una coreografía de gestos efectistas donde el billete de 50 euros, el insulto y el señalamiento sustituyen al argumentario. El tipo no aspira a debatir, sino a reducir al adversario a caricatura moral. Cuando exhibe dinero en el Congreso o acusa a otros de venderse, proyecta una idea inquietante: que toda discrepancia es corrupción y que solo él encarna la pureza ideológica. Un hito para un catalán que llegó a Madrid con las manos en los bolsillos, vacíos.

Rectificado su independentismo teatral y hecha carrera política en la corte, se ha convertido en paladín de la impostura. Prometió irse y se quedó; denunció privilegios y acabó acomodado en ellos. Esa contradicción no es nueva, pero sí peligrosa cuando se usa como munición contra los demás. Rufián acusa desde una supuesta superioridad ética que sus propios hechos desmienten.

Su estilo mezcla los peores tics del primer Podemos con las técnicas de agitación que hoy explotan otros, incluida la bancada de Vox y su líder, otro que tal baila. Promotor de un nuevo Frente Popular, maneja con soltura el escrache verbal y la política a la manera de TikTok. No apela al cerebro del votante, sino a sus vísceras. En ese afán, Rufián y Abascal se parecen.

La estrategia de ambos consiste en provocar, tensar, confiar en que el contrario mantenga la compostura. Pero ese juego tiene un final conocido. Si el estilo patibulario se normaliza, la escalada acabará mal. Bastará con que Rufián se encuentre con otro Rufián. Entonces saltarán chispas.

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