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Penosas prácticas sin denuncia política

Desde el terrible accidente de la pasarela de Santander con 6 jóvenes muertos, con la causa ya establecida en el deficiente estado por falta de conservación, todas las administraciones responsables del mantenimiento de miles de estructuras o barandillas de madera se han puesto las pilas, pero no tanto para contratos de urgencia que las reparen o repongan, recuperando a galope los años o décadas de total incuria (que estaban a la vista de todos y al tacto de cuantos se apoyaban, sin necesidad siquiera de inspección técnica, por supuesto inexistente), sino cubriendo de cintas de plástico que advierten el peligro, para que la gente no las use o, si lo hace, que se caiga por su cuenta y riesgo. Una práctica impresentable que sigue el ejemplo de la seguida en muchas carreteras españolas, cuyo pésimo estado no da lugar a que se reparen, sino a un simple aviso con reducción de la velocidad.

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