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Trabajar o vivir

La precariedad del mundo laboral nos ha llevado a considerar el trabajo como una maldición

Curioseando en una red social dedicada a asuntos profesionales, me ha atrapado el interesante relato de una mujer, próxima a los cuarenta años, en el que anunciaba que abandonaba su trabajo. “Hoy he apagado el ordenador y, con ese gesto, me he despedido”. Esas palabras con las que arrancaba su anuncio estimularon mi curiosidad.

Cuenta que “no ha sido una decisión fácil, aunque sí muy clara” y que llevaba “años con la idea en la cabeza”. La dificultad para tomar una decisión se debía a que no se trataba de un empleo cualquiera, sino de un trabajo vocacional, en el que había invertido “mucho esfuerzo y muchas horas”.

¿Qué ha pasado para tomar una decisión tan drástica?, se pregunta uno a estas alturas de la narración. La respuesta está en “una falta de estabilidad y unas condiciones laborales que, siendo honestos, no permiten construir el proyecto de vida que quiero y me merezco”. Unas condiciones, entiendo, que no hay vocación que resista.

“Llega un punto en el que no se trata solo de resistir, sino de cuidarse y buscar un camino que ofrezca equilibrio, dignidad y futuro”. La historia tiene un final agridulce. La mujer no podrá “ser aquello que quise ser desde que tengo uso de razón”, pero tiene un nuevo trabajo en otro sector diferente. “Me ilusiona ir a trabajar, saber que hay proyección dentro de la empresa y, muy importante, saber que a corto plazo voy a tener vacaciones pagadas (para siempre)”.

El relato despertó mi interés, porque pone de manifiesto una nueva forma de relacionarnos con nuestro trabajo y saca a relucir aspectos hoy muy debatidos: el peso de la vocación, la cultura del esfuerzo, la precariedad laboral, la falta de proyección y, sobre todo, la prioridad de vivir la vida, como si el trabajo no formara parte de la vida.

El eslogan del Ministerio de Yolanda Díaz para promocionar la jornada laboral de 35 horas -“Trabajar menos para vivir mejor”- resume a la perfección la concepción del trabajo como una esclavitud. La maldición del “ganarás el pan con el sudor de tu frente” hecha realidad, como si hubiera otra forma de ganarse el pan o si fuera posible vivir del aire.

Es bien sabido que las generalizaciones son tendenciosas e, inevitablemente, llevan al error. Ni todos los trabajos son iguales ni la actitud de todas las personas es la misma. Pero, en un país como el nuestro, en el que el empleo es un bien escaso, se antoja una frivolidad demonizar el trabajo. Que se lo pregunten a los 2,7 millones de españoles que, según la última EPA, se encuentran en el paro.

Es también una generalización injusta el mantra de que los jóvenes de hoy no quieren trabajar. La web “The Conversation” acaba de publicar los resultados de una encuesta sobre la actitud de los jóvenes ante el trabajo, basada en casi diez mil entrevistas realizadas en nueve países, entre ellos España. Entre otras cuestiones, desvela que un buen salario es lo más importante de un trabajo para la mayoría (29 por ciento), antes que la realización personal (14 por ciento). Eso sí, a diferencia de generaciones anteriores, la mitad de los encuestados estarían dispuestos a abandonar un empleo bien pagado e indefinido si en el lugar de trabajo se viviera “un ambiente difícil, tenso o desagradable”.

Un dato especialmente relevante es que la mayoría de los encuestados prefiere un trabajo en el sector público antes que en el privado. Hace años, con la progresiva flexibilización del mercado laboral, se decía que la diferencia entre un contrato temporal y uno indefinido es que con el indefinido nunca sabes cuándo te van a echar. Salvo en la Administración, claro. Generación tras generación, la seguridad del empleo indefinido sigue siendo un valor primordial.

El pasado abril, teóricamente, entró en vigor la jornada de 35 horas para los funcionarios del Estados. Se aplicó el lema de Yolanda Díaz “trabajar menos para vivir mejor”. Resulta extraño que no se hayan visto muchas muestras de entusiasmo entre el funcionariado. Estaría bien saber si, de verdad, trabajan menos y si, de verdad, viven mejor.

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