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El desayuno, en la paz y en la guerra

Durante muchos años, cuando vivía solo, el desayuno fue una suerte de ritual sagrado, la oportunidad de reactivar el cuerpo y el estómago tras ocho horas de inanición. Desayunar a solas, en la tranquilidad de la cocina, era la forma natural de despertarme, sin prisa pero sin pausa, al nuevo y glorioso día.

Entonces, ay, desayunar era un acto sencillo y agradable, como pasear por un campo floreado una tarde primaveral viendo crecer el césped. Ahora, con dos hijos pequeños a los que sacar de la cama, prepararles la leche y los cereales, vestirlos, peinarlos, perfumarlos, empaquetarlos en el coche a toda prisa para introducirnos en la ingobernable autovía antes del atasco -o durante el atasco-, el desayuno se ha convertido en una competición a vida o muerte.

Cincuenta minutos después, cuando he dejado a mis hijos en sus colegios -distantes entre sí por 10 kilómetros-, llego a la cafetería que he convertido en mi despacho. Y, por extraño que pudiera parecer, esas horas trabajando con mi ordenador en la cafetería, donde no tengo que correr, ni amonestar, ni meter prisa, ni repasar mochilas, ni hacer bocadillos, ni peinar y perfumar dos cabecitas indomables, son mi momento zen. Ese en el que puedo tomar en paz un café con leche humeante acompañado de un sándwich vegetal, sin rendir cuentas a nadie, sin sentirla urgencia de que debo correr para apagar un fuego.

Añoro la soltería no como una época idealizada de sexo, drogas y rock and roll, sino como ese periodo en el que podía desayunar a gusto, nada más levantarme, sin necesidad de hacer previamentel as Américas. Y es que uno, con el paso de los años, acaba desayunando no donde y cuando quiere, sino donde lo dejan.

En un futuro lejano, si llego a él, no les hablaré a mis nietos de fiestas, viajes ni novias, les hablaré de mis desayunos cuando mi vida no era un perpetuo incendio y el mundo era una góndola.

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