Opinión
No a la guerra
Poco antes de morir, ya muy deteriorado físicamente por el Parkinson, el papa Juan Pablo II lanzó desde la ventana de su habitación un llamamiento urgente por la paz: "No a la guerra", exclamó. Esta apelación apremiante a la amistad entre los hombres y las naciones constituye una parte esencial del código moral del cristianismo. San Agustín, un Padre de la Iglesia del siglo IV, ya había señalado que para conocer a alguien hay que empezar por la amistad. Empezar, pues, por la paz y no por la guerra, por el bien y no por el mal, por la justicia y no por la injusticia. Sin duda, el catolicismo ha elaborado a lo largo de los siglos un discurso moral mucho más sofisticado, que incluye entre otros el concepto de guerra justa. Pero hablo de un paso previo: la violencia, incluso la legítima, debe ser siempre la última opción.
El papa León XIV lleva semanas insistiendo en la misma petición de Juan Pablo II. En nombre de más de mil millones de católicos repartidos por el todo mundo, su voz se levanta en contra de los extremismos que pretenden ofrecer respuestas fáciles a problemas enquistados durante años. El conflicto de Ucrania, por ejemplo, que proyecta su sombra acuciante sobre Europa, y más recientemente la guerra de Irán, que va a suponer, sospecho, el principio del final del trumpismo y acaso también del movimiento MAGA. No es casual, en consecuencia, que el Papa se haya manifestado de una forma tan rotunda y tan crítica con Trump y sus políticas. No es fortuito que lo haga como sucesor de Pedro, ni como estadounidense, ni como referente global en un momento en que una parte de la juventud encuentra en las religiones una vía de sentido frente al mundo postsecular. Este movimiento no se da sólo en Estados Unidos –aunque los números quizás sean allí más abultados–, sino en buena parte de Occidente. Las viejas ideologías parecen llegar a su fin, mientras que las nuevas vienen marcadas por un signo de fanatismo y de agresividad que las consume desde su propio interior. En cambio, las religiones con su mezcla de autoridad moral y experiencia histórica, surgen de repente como una alternativa al agotamiento del siglo XX: un siglo en el que se pensó que el hombre era plenamente autosuficiente. Por supuesto que nos equivocamos, porque nadie es capaz de conocerse a sí mismo.
El giro teológico de la cultura llegará hasta donde llegue. Tal vez –aunque sea sólo por la influencia de la emigración musulmana–, irá más lejos de lo que los escépticos puedan suponer. Pero lo importante es que las religiones han vuelto como una alternativa, o como un faro, para una parte de la sociedad. Cabe pensar que, en un futuro más o menos inmediato, se irá cristalizando una nueva demanda política que, sin negar los múltiples bienes de la laicidad, muestre un mayor respeto hacia los valores espirituales: ya sea en la mirada sobre la condición humana o en su especial relación con la memoria o en la certeza de que el hombre es un ser dependiente, definido sobre todo por su relación con los demás, por los demás y para los demás. Nadie se salva a sí mismo, nos enseñan las religiones. Ni siquiera los todopoderosos emperadores de la política.
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