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Manzanas podridas, cesto contaminado

El aldabonazo del fiscal Luzón en el "caso mascarillas"

La legislatura agoniza en las cloacas. Mientras el Parlamento se degrada en trincheras de supervivencia política, el país contempla atónito cómo los tribunales hacen el trabajo que los partidos se niegan de una vez a asumir. Los casos de corrupción ya no son episodios aislados, sino síntomas de una enfermedad sistémica que amenaza la credibilidad misma de la democracia.

Las palabras del fiscal Luzón deberían provocar un seísmo institucional: corrupción “orgánica, organizada y continuada” nacida en un Ministerio del Gobierno de España. No habla de manzanas podridas, sino de un cesto deliberadamente contaminado. El caso que tiene en el banquillo al exministro Ábalos dibuja una trama donde el poder se convirtió en mercancía, las empresas públicas en botín y el interés general en coartada para el latrocinio.

Lo más inquietante no es el catálogo de sobornos, enchufes y mordidas, sino la normalización del abuso. Como advirtió Luzón, la corrupción no irrumpe de golpe: se desliza entre regalos, compadreos y silencios cómplices hasta hacerse costumbre. Y cuando desde la política se desacredita a jueces y fiscales por hacer su trabajo, el daño es letal: se erosiona el Estado de Derecho y se transmite al ciudadano la idea de que todo tiene precio.

La democracia se desangra por los corruptos, pero también por la falta de una reacción ética contundente. Sin ese esfuerzo de la sociedad en su conjunto los nubarrones que anuncian tormenta acabarán descargando ruina institucional.

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