Opinión
Sobre la oposición del PP
El respeto y las estridencias
Bajo un régimen autoritario, solo es posible oponerse al gobierno de forma clandestina. Por el contrario, en una democracia la crítica al poder es algo previsible, habitual y muy beneficioso siempre que se haga con rigor, respeto a las reglas y pensando en el interés general. Ejercer de oposición en política parece tarea sencilla, pero lo cierto es que en las circunstancias actuales se ha convertido en una misión sumamente complicada, aunque no tanto como la de gobernar. Sucede que la volatilidad del voto sirve para disimular. Un día gana unas elecciones el partido laborista con la mayoría más amplia registrada en la democracia británica y en la siguiente convocatoria a las urnas arrasa el partido de la derecha radical capitaneado por el sin par Nigel Farage, sin que pueda determinarse con claridad la razón de semejante vaivén. La oposición recibe un aluvión de votos que no responde a sus méritos y esto, que es un fenómeno cada vez más frecuente, provoca el lógico desconcierto en el funcionamiento de las democracias.
Es difícil hacer una buena oposición porque está teniendo lugar una concentración acelerada de poder político en el ejecutivo. A ese proceso contribuye la complejidad y la urgencia de los problemas, que demandan una solución eficaz y rápida, la que únicamente puede ofrecer un gobierno resolutivo. Así, el jefe del ejecutivo y sus ministros se hacen omnipresentes en la esfera pública. Su visibilidad, aumentada por el equipo de comunicación política a su servicio, es infinitamente superior a la de la oposición, incluso en los sistemas mediáticos más pluralistas. La atención de la opinión pública se centra en la acción del gobierno y relega, de manera involuntaria o deliberada, a los partidos opositores. De ahí que se considere que los cambios de mayoría electoral no se producen porque la oposición gane unas elecciones, sino porque el gobierno las pierde.
La situación se pone peor para la oposición cuando el gobierno deja de actuar según los usos y costumbres del juego político. La oposición debe decidir entonces si se atiene a la práctica convencional o recurre, sintiéndose liberada del compromiso con las normas comunes acordadas, a cualquier método para alcanzar el poder. En estas estamos en el momento presente de la política española. La actuación del gabinete de Pedro Sánchez es opinable, como cualquier otra de cualquier gobierno, pero en la medida que es constitucional y ha estado respaldada por una mayoría parlamentaria, no cabe dudar de su legitimidad. Sin embargo, por otro lado, ha incumplido algunos mandatos de la Constitución y en su relación con otros poderes, con la oposición y con los ciudadanos ha quebrado las pautas establecidas para seguir un modo de proceder poco acorde con los principios democráticos.
Conviene decir a continuación que el Gobierno no es la única institución que ha incurrido en esta falta. La devaluación que sufre el parlamento, en parte autoinfligida, y no siendo exclusiva de nuestro país, afecta gravemente a la integridad de la democracia, ya que conforma la representación de los ciudadanos, por la importancia de las funciones que tiene asignadas y al tratarse del foro por excelencia donde se desarrolla la deliberación política. Pedro Sánchez se emplea a fondo, mucho más de lo debido, en achicar el espacio a la oposición. Para ese fin, no ha reparado en medios y malas artes. Y el martilleo constante, al que ha sido invitado Vox, ha hecho mella en Feijóo y su partido, a los que se les ve un tanto desfigurados.
Se espera que la oposición controle al gobierno, ofrezca un programa alternativo y procure ganarse la confianza de los votantes. El PP está mostrando dos caras opuestas. Ante el brote de hantavirus ha reaccionado al instante solicitando información al Gobierno a través del parlamento. Es lo que debía hacer. Pero también ha formulado reproches y ha pedido dimisiones como quien da palos de ciego, en un asunto que requiere ante todo responsabilidad y prudencia. La misma actitud desbordada con que se ha manifestado sobre el juicio de las mascarillas. Emigrados una parte de sus votantes a Vox, el PP es un partido reconocible cuando habla Moreno Bonilla, pero genera confusión si la que se pronuncia es Ayuso. La leve caída en estimación de voto que detectan las encuestas y la escasa confianza en Feijóo, desde luego por debajo de las expectativas que levantó su liderazgo, indican que quizá el PP no esté acertando a hacer la oposición que quisieran sus potenciales votantes. Es posible que la sociedad española haya cambiado y reclame un estilo político menos estridente, más respetuoso y centrado en los ciudadanos. Pedro Sánchez ya descuenta el castigo que va a recibir por lo mismo.
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