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Pelea en la Casa Blanca

Una reflexión que no es lo que parece

Se avecina una pelea monumental en la Casa Blanca, de las que anuncian por megafonía testosterona a chorros, orgullos heridos, lenguas desbocadas, patadas, empujones y puntos de sutura. Un combate que los poderosos observarán desde la grada, contemplando cómo se desmorona el imperio florentino mientras los bárbaros arrasan la ciudadela.

El organizador de la disputa, un empresario septuagenario rico y devoto del foco mediático, adicto a ganarse enemigos, sostiene que las instituciones solo funcionan si hay tensión y alguien contra las cuerdas. La pelea no se televisa, pero su resultado se extenderá por las redes sociales como un reguero de pólvora a expensas de una cerilla.

Los contendientes, mientras tanto, recurren a las bravuconadas y triquiñuelas habituales en el cuadrilátero. Que si uno golpea más fuerte, que si el otro se considera más estrella. Egos desbocados, a fin de cuentas.

Desde arriba, el patriarca observa cariacontecido el paso de los acontecimientos: se le resisten las victorias guerreras. Le gusta que suban las audiencias, pero no a costa del caos. No le aguanta el viejo truco: cuando el edificio cruje, ya no sirve con sumar decibelios.

A quien piense que esta reflexión corresponde al combate de Topuria en Washington organizado por Trump, que desista de ese empeño: viene a cuento de la crisis a mamporros en Valdebebas, el tema de la semana en una España donde la mitad es madridista por vocación, juegue quien juegue; y la otra mitad, antimadridista por principio, mande quien mande.

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