Opinión
Raza, clase y talla
La pensadora feminista Kate Manne, autora del libro "Irreductibles", indaga en la carga ideológica que sostiene la gordofobia
El culto a la delgadez es relativamente reciente, cuestión de tres o cuatro siglos, y ha sido propagado por ideologías que, más que a razones estéticas, se deben a intereses económicos y productivos. Esa es la tesis que sostiene la australiana Kate Manne, una pensadora feminista, doctorada en Filosofía por el reputado Instituto Tecnológico de Massachusetts, en "Irreductibles. Cómo hacer frente a la gordofobia". (Capitán Swing).
En su ensayo Manne se remonta al siglo XVIII y encuentra en él una primera asociación entre negritud y gordura. Los esclavos negros, robustos y con músculos y formas exuberantes, contrastaban con el "estándar de la excelencia humana", que era el de un hombre blanco, alto y delgado. Respecto a esos cuerpos, los de los negros eran deformes, grotescos, salvajes, bestiales. Su explotación como fuerza de trabajo, como fuerza bruta esencialmente, estaba más que justificada desde aquel punto de vista. Esa idea apuntaló el boyante y cruel comercio esclavista.
El recurso de la delgadez como herramienta de jerarquización social se fue sofisticando a lo largo de los años hasta llegar a finales del siglo XIX cuando, según Kate Manne, ya estaba consolidada como marca de clase y de estatus social y económico. A ello contribuyeron, y no inocentemente, las compañías médicas estadounidenses, calculando las tasas de sus asegurados atendiendo a unas tablas de medidas y pesos en las que el estándar era, de nuevo, el de un varón blanco y delgado.
Si hasta el siglo XIX solo las clases altas podían permitirse el lujo de se gordas, a partir de entonces y hasta hoy el lujo es mantenerse delgado.
La gordofobia es un rentable negocio, sostenido por un consumismo que se aprovecha del legítimo deseo de mantenerse sano y bello y, dado que, como seres humanos, tendemos a cultivar la diferencia que nos hace sentir superiores, Manne opina que es, además, un negocio con futuro. Las mujeres, educadas en la complacencia y más objetos que sujetos de deseo, son las clientes perfectas.
Es más, a lo largo del último siglo, según Kate Manne, ser delgada, en el grado que hoy se demanda, se ha vuelto más difícil que nunca y eso hace la delgadez una cualidad más valiosa y atractiva. Es un mecanismo perfecto, tal y cómo ella lo presenta, y de probadísima eficacia, que atrapa a las mujeres, especialmente, en una trampa perversa de la que es casi, casi imposible escapar.
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