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Opinión | Crónicas gastronómicas

Qué risa con la comida

Frente a la tentación de sacralizar la cocina, el humor introduce una distancia saludable: una especie de digestión intelectual que acompaña a la física

Qué risa con la comida

Qué risa con la comida / Pablo García

Comemos bien, luego sonreímos. El humor y la gastronomía comparten una virtud que rara vez se les reconoce en los manuales y es que ambos son lenguajes universales que se comprenden mejor con el paladar que con la razón. Comer y reír no solo son actos físicos, también son formas de interpretación del mundo. No es casual que muchos escritores hayan encontrado en la comida un terreno fértil para el humor, ni que algunos de los textos más memorables sobre gastronomía estén atravesados por una ironía elegante, una exageración calculada o una melancolía que se disimula con un buen chiste.

En la tradición española, el nombre de Julio Camba resulta inevitable. Su aproximación a la comida no era la de un gourmet solemne, sino la del observador escéptico que sospecha de toda grandilocuencia culinaria. En sus crónicas, el hambre aparece casi como una molestia administrativa, y la alta cocina tal que si fuera un artificio sospechoso. Camba ironizaba sobre los restaurantes caros con una lucidez que aún hoy incomoda. Cuanto más incomprensible era el nombre del plato, menor parecía su capacidad para poder disfrutar de él. Su humor nace precisamente de esa tensión entre la expectativa y la realidad, entre el lenguaje inflado de la gastronomía y la simplicidad del acto de comer. Para empezar, Julio Camba no se sentaba con cualquiera a la mesa y cuando le invitaban a una comida concurrida lo primero que hacía era preguntar por el resto de los invitados.

Algo distinto, aunque igualmente irónico, se encuentra en Josep Pla, cuya prosa convierte la cocina en una forma de memoria cultural. Pla no ridiculiza la comida, pero sí la solemnidad excesiva con la que a veces se la trata. En sus textos, una simple anchoa puede adquirir una dignidad literaria comparable a la de un personaje, pero siempre con un matiz de humor seco ampurdanés, casi invisible.

El más explícito en su comicidad es sin duda François Rabelais, cuya obra convierte la comida en un espectáculo grotesco y desbordante. En sus páginas, los banquetes son excesivos hasta lo inverosímil, y el cuerpo humano aparece como un territorio donde el placer gastronómico se mezcla con lo escatológico. El humor aquí no es sutil, sino exuberante. Comer para Rabelais es un acto casi carnavalesco, una celebración que desafía cualquier norma de moderación.

Si se cruza el canal de la Mancha, el humor adopta otras formas, a menudo más abiertamente absurdas. En la obra de P. G. Wodehouse, por ejemplo, la comida no es tanto un objeto de análisis como un catalizador de situaciones cómicas. Los desayunos copiosos, los tés interminables y las cenas que se complican más de lo previsto sirven como escenarios donde los personajes despliegan su torpeza y su ingenio. En este contexto, el alimento pierde su centralidad material para convertirse en un elemento narrativo. Más importante que lo que se come es lo que sucede mientras se come. Pero, asimismo, se suceden situaciones ilustrativamente glotonas como cuándo Bertie Wooster, uno de los grandes protagonistas de sus novelas, elige las últimas voluntades en la mesa del condenado a muerte. Una cena capaz de crear leyenda y de traer a colación al chef francés Anatole de la tía Dahlia, alumno aventajado de Escoffier.

"—¿Empezamos con caviar? ¿O cantaloup?, le preguntan.

—Y cantaloup. Seguido de una sopa vigorizante.

—¿Espesa o clara?

—Clara.

—¿No olvidas el velouté aux fleurs de courgette de Anatole?

—Ni por un momento. Pero ¿y su consomé aux pommes d’amour?

—Quizá tengas razón."

El humor gastronómico también se nutre de la exageración y la caricatura. Describir un plato como "el mejor del mundo" o un restaurante "imprescindible" forma parte de una retórica que, llevada al extremo, se vuelve risible. Muchos escritores actuales juegan con esta tendencia, inflando deliberadamente sus elogios hasta el punto de hacerlos sospechosos. La llamada crítica gastronómica, por ejemplo, se acerca a la sátira. El crítico no solo evalúa, sino que interpreta un papel, consciente de que su autoridad depende tanto de su criterio como de su estilo. Un estilo pobre por regla general, pero imperioso e insuflado de conocimientos infundados. Otro recurso frecuente es el contraste entre la alta y la baja cocina. Presentar un plato humilde con lenguaje grandilocuente, o describir una elaboración sofisticada con términos coloquiales, genera a mi juicio un efecto humorístico inmediato. Esta inversión de registros revela, además, la verdad incómoda de que muchas de las jerarquías gastronómicas son construcciones culturales más que realidades objetivas.

En última instancia, el humor en la literatura gastronómica cumple una función crítica. Permite cuestionar las modas, relativizar los dogmas culinarios y recordar que, por muy elaborada que sea una receta, su destino final es siempre desaparecer en el acto de ser comida. Frente a la tentación de sacralizar la cocina, el humor introduce una distancia saludable, una especie de digestión intelectual que acompaña a la física.

Así, entre la ironía de Camba, la precisión de Pla, el absurdo de P. G. Wodehouse o la exuberancia de Rabelais, se dibuja una tradición donde la comida no solo alimenta el cuerpo, sino también la risa. Y quizá ahí resida el valor literario de recordarnos que, al fin y al cabo, comer es un acto demasiado importante como para tomárselo completamente en serio.

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