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Sísifo en la sala de profesores

Sísifo, aquel pobre desgraciado condenado por los dioses a empujar eternamente una piedra montaña arriba para verla caer una y otra vez, probablemente no estaba castigado en el inframundo, probablemente trabajaba en un centro público y se ajustaba a rajatabla al plan de convivencia del centro. Cada mañana entra en el aula intentando levantar algo parecido a la educación, respeto, esfuerzo, pensamiento crítico, modales básicos, o respetar el turno de palabra. Y cada tarde, la piedra vuelve a rodar cuesta abajo aplastada por una realidad empeñada en convertir la grosería en espectáculo, la falta de educación en símbolo de autenticidad, la exacerbación en razonamiento y el insulto y la descalificación como herramienta de diálogo.

Últimamente los debates políticos, en todos lados y lugares, y va en aumento, han sido un magnífico ejemplo de pedagogía inversa. Adultos gobernando o aspirando a gobernar ciudadanos mientras se comportan como sátiros verbales en una taberna olímpica. Insultos, interrupciones, descalificaciones y esa nueva disciplina intelectual tan de moda, hablar mucho sin decir o dejar decir nada. Aunque sería injusto culpar solo a la política. Nuestros políticos simplemente son hijos aventajados de aquella televisión donde media España aprendió durante años que discutir consiste en gritar, señalar con el dedo e insultar cada siete segundos para mantener la audiencia despierta.

Aquellos programas del corazón fueron nuestras Termópilas culturales, mientras el país confundía cotilleo con periodismo de investigación, y esperpento con entretenimiento. Y claro, luego llega el docente al aula con su plan de convivencia, su educación emocional y sus normas de respeto, como un ingenuo Sísifo empujando la piedra. Con ojeras homéricas y paciencia de Penélope, cosiendo cada día los hilos rotos de una convivencia que otros destejen alegremente por la tarde noche en televisiones, redes y parlamentos.

Explicando a adolescentes que no deben ridiculizar a sus compañeros mientras fuera media esfera pública convierte la humillación en entretenimiento nacional. Pidiendo respeto al turno de palabra en un país donde interrumpir se interpreta como liderazgo. Intentando enseñar pensamiento crítico en una civilización que premia más la ocurrencia rápida que la reflexión lenta, la sabiduría con u reel de Instagram.

Quizá el problema nunca fue educativo. Ningún alumno escucha realmente un discurso sobre valores si después descubre que los adultos que lo rodean viven exactamente al contrario de lo que predican. Y ninguna ley educativa podrá compensar jamás el estruendo moral de una sociedad en donde la mala educación cotiza más alto que la inteligencia.

Por eso el docente se parece tanto a Sísifo. No porque fracase. Sino porque todos los días al amanecer sube esa piedra aun sabiendo que al atardecer otros la dejarán caer.

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