Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Liderazgos en perspectiva

Efectos nacionales de las elecciones andaluzas

Las elecciones andaluzas tienen asignada por el estatuto de autonomía la única finalidad de seleccionar a los diputados que ocuparán los escaños del parlamento en representación de sus conciudadanos, que a su vez elegirán al presidente de la Comunidad Autónoma y de su Gobierno. Pero conviene tener en cuenta que son las cuartas elecciones convocadas sucesivamente por presidentes autonómicos del PP con el doble propósito de erosionar al Gobierno español y despegarse de Vox. Y no parece aventurado en exceso considerar la trascendencia del resultado de estas elecciones en el comportamiento de los votantes en unas elecciones generales e incluso en el liderazgo de los grandes partidos. Por sus dimensiones, la arena electoral andaluza tiene potencial suficiente para remover la política nacional, como ha quedado demostrado en anteriores citas con las urnas. En cualquier caso, esta votación es el preludio de una precampaña electoral que comenzará tras el paréntesis veraniego y que se presume será larga, intensa y plagada de incidencias.

En esta ocasión, el interés se ha centrado en tres incertidumbres que los pronósticos, unánimes en lo demás, han dejado abiertas, pendientes de ser despejadas al aplicar en alguna de las ocho circunscripciones la fórmula que inventó el jurista belga Víctor d’Hondt a finales del siglo XIX. Las incógnitas estaban en la mayoría absoluta del PP, la magnitud de la derrota del PSOE y la evolución del voto a Vox. De cómo se resolvieran se desprendía la formación del gobierno autonómico y la posición de salida de cada partido en las elecciones locales y las generales que tendrán que celebrarse sin falta, si como se prevé no hay adelanto de las legislativas, el próximo año. Pero las elecciones andaluzas también envían señales sobre la solidez política de los líderes y las expectativas de los aspirantes llamados eventualmente a sustituirlos.

En la política actual, el éxito está cerca del fracaso. El voto es volátil porque cada vez más electores están dispuestos a cambiar el voto por un sinfín de motivos circunstanciales. Y el resultado electoral, que determina la posibilidad de ejercer el poder y repartir cargos públicos, puede decidir la suerte de un líder y hasta de un partido. De ahí la incesante aparición de nuevas siglas y el constante relevo de los dirigentes, a veces tras cada convocatoria electoral. Es lo que está ocurriendo en los dos partidos clásicos británicos, conservador y laborista, y en otros países de la Europa con tradición democrática. La política se ha personalizado al máximo, concentrándose en la figura del líder, y esto le otorga mucho poder, pero lo vuelve frágil y, con frecuencia, fugaz.

El partido que en estas elecciones debía responder ante los electores andaluces era, en primer lugar, el PP. La probabilidad de una mayoría de izquierdas era, según los sondeos, mínima, casi inexistente. Sin embargo, la diferencia de uno o dos escaños en el resultado del PP podía suponer un abismo político, el que puede haber entre la formación de un gobierno en solitario y otro que tuviera que negociar y compartir con Vox.

Después de haber pasado la hegemonía socialista a la historia y recibir una buena nota de los andaluces, una reedición de la mayoría absoluta reforzaría a Moreno Bonilla y una simple, por el contrario, transmitiría una imagen de cierta debilidad. La diferencia cobra una importancia añadida, si se repara en que Feijóo afronta su última oportunidad para ascender al PP al poder y en el partido del centroderecha hay una corriente con una postura distinta a la de ambos, encarnada en Díaz Ayuso.

Por su parte, Pedro Sánchez ejerce un liderazgo pétreo en el PSOE, con un estilo opuesto al de Feijóo, y seguro que no va a conmoverse por el resultado en Andalucía. No modificará su actitud mientras mantenga el respaldo de la mayoría de sus votantes y las encuestas le den esperanzas de obtener un buen resultado en unas generales. Pero llama la atención la impasibilidad que muestra el partido, con su historia y la cualificación de sus afiliados y simpatizantes, ante la deriva política del país. Habrá que esperar y ver su reacción, y cuál es el futuro de su líder, si el augurio de una próxima derrota electoral se confirma.

Las elecciones autonómicas no son el escenario más favorable para Vox. Pero podrían estar marcando su techo electoral. Un retroceso en las generales, por leve que fuera, o un estancamiento, acabaría con las ilusiones de Abascal. En la izquierda del PSOE, la cuestión del liderazgo ha tenido casi siempre menos relevancia, aunque no por ello ha dejado de crear problemas.

Las elecciones andaluzas, en fin, ofrecen indicios sobre el destino de los liderazgos nacionales de los principales partidos, un factor decisivo en la política actual, en todo el mundo y aquí.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents