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La voz ausente del contribuyente

El dinero administrado por el Estado procede de una sociedad que trabaja, arriesga, invierte y paga

José Manuel Ferreira es vicepresidente de la Cámara de Comercio de Oviedo

Las democracias consolidadas han aprendido a dotarse de cauces de representación para casi todo. Trabajadores, empresarios, consumidores, profesionales y toda clase de colectivos disponen de organizaciones capaces de traducir intereses en argumentos, y argumentos, en influencia. Todos, salvo una figura decisiva y, sin embargo, apenas perfilada en el espacio público: el contribuyente.

Paga. Y ya no cuenta.

Conviene partir de una precisión que parece contable y, sin embargo, tiene un alcance cívico. El Estado no crea dinero público; lo recauda y lo administra. Decir "lo paga el Estado" puede servir como atajo, pero introduce una confusión nada inocente. El dinero público es riqueza social previamente generada. Olvidarlo altera la perspectiva: engrandece al gestor, empequeñece al ciudadano y debilita una exigencia elemental de toda democracia adulta, la de rendir cuentas por recursos que no pertenecen a quien los distribuye.

Pero hay algo más profundo que esa evidencia. En una democracia, la legitimidad fiscal no termina en la aprobación del impuesto: alcanza también al destino de lo recaudado. Pagar no es solo cumplir; pagar también vincula. Y esa corresponsabilidad importa hoy más que nunca, porque el esfuerzo fiscal ya no es marginal: modela la vida de las familias y de las empresas, y se refleja tanto en el bienestar como en el margen de libertad económica. En un Estado autonómico como el español, además, esa realidad se percibe con especial nitidez allí donde las comunidades ejercen competencias fiscales capaces de alterar de manera significativa el esfuerzo exigido a ciudadanos y empresas. La relación tributaria no consiste únicamente en una obligación jurídica; incorpora también una expectativa razonable de criterio, proporción y responsabilidad en el uso de recursos ajenos.

Y, sin embargo, ese esfuerzo sigue careciendo de una representación organizada y transversal. Ni los partidos políticos, ordenados por lógicas electorales, ni la Administración, definida por su función ejecutiva, logran dar forma pública, estable y reconocible a esa voz y a esos intereses específicos. De ahí que la idea de un sindicato de contribuyentes, siquiera todavía en un sentido más cívico que jurídico, empiece a parecer menos una reacción defensiva que una evolución institucional razonable: no para erosionar las instituciones, sino para corregir una carencia persistente. Ese vacío apenas hace ruido; quizá por eso perdura.

Tomarse en serio la posición del contribuyente obliga, además, a desoír dos simplificaciones opuestas e igualmente empobrecedoras. La primera convierte cualquier impuesto en una expropiación moral. La segunda trata cualquier gasto como si llevara incorporada su propia absolución. Ninguna de las dos ayuda a pensar. Una sociedad compleja necesita ingresos suficientes para sostener bienes públicos robustos y, al mismo tiempo, un equilibrio razonable entre protección y capacidad de impulso; pero necesita también una cultura exigente del límite, de la evaluación y de la prioridad. La pregunta relevante no es si el Estado gasta, sino cómo decide, con qué disciplina, con qué orientación y bajo qué escrutinio.

Es entonces cuando la asimetría se vuelve más visible. En el debate público comparecen con facilidad los beneficiarios directos de cada partida; quien la financia, en cambio, permanece disperso, fragmentado, sin rostro reconocible. No debería sorprendernos: si la lógica del mercado son los precios, la de la política son los votos. Y cuando la posición del contribuyente llega débil o llega tarde, esa lógica premia con demasiada frecuencia el anuncio antes que la prudencia, la visibilidad antes que el examen y el rendimiento inmediato antes que la responsabilidad duradera. Organizar esa presencia no significaría otorgar un privilegio, sino corregir un desequilibrio democrático.

A esa intemperie política se suma otra vulnerabilidad menos visible: la que el contribuyente experimenta ante el poder recaudatorio de la Administración. No se trata de cuestionar la potestad fiscal, indispensable en cualquier comunidad civilizada, sino de recordar que también ahí el ejercicio del poder solo se legitima con garantías, equilibrio y contención.

Por eso inquieta comprobar hasta qué punto tantos anuncios públicos convierten en mérito automático lo que debería empezar por una justificación rigurosa. Lo que se promete, se reparte o se exhibe no brota de una abstracción administrativa, sino del esfuerzo previo de una sociedad que trabaja, arriesga y sostiene con sus recursos aquello que después el poder presenta como logro propio. El problema no es defender lo común, sino impedir que lo común se convierta en coartada del despilfarro, de la propaganda o del rédito político. Gobernar dinero ajeno exige proporción, transparencia, criterio y rendición de cuentas; exige, en suma, decencia institucional.

Una sociedad que aún recuerde el trabajo, el riesgo y la fragilidad con que se crea la riqueza entiende esta cuestión casi por instinto. Sabe que nada valioso aparece por generación espontánea y que, cuando esa memoria se debilita, lo común corre el riesgo de confundirse con lo inagotable. Respetar al contribuyente no rebaja la idea de lo público; la somete a una exigencia más alta.

Quizá haya llegado la hora de admitir que el contribuyente sigue siendo el gran ausente civil de una democracia que se tiene por madura. El presupuesto empieza mucho antes del presupuesto: en el trabajo, en el riesgo, en la iniciativa, en la nómina, en la factura y en el consumo. Por eso, no debería renunciarse del todo a la idea de un sindicato de contribuyentes, aunque hoy su encaje más verosímil sea el de una asociación cívica: si algún día se quisiera dotar a esa posición de una representación estable, transversal y específica, habría que abrir cauce legal a una realidad que ya reclama nombre propio. Una organización cívica del contribuyente serviría, ante todo, para devolver esa evidencia al centro del debate público: que el dinero administrado por el Estado no nace en el Estado. Procede de una sociedad que trabaja, arriesga, invierte y paga. Recordarlo no abre ningún frente; devuelve una verdad elemental a su sitio. Y pocas tareas serían hoy más razonables —y también más urgentes— que dar presencia, criterio y exigencia a quien sostiene, en último término, aquello que todos invocan, todos administran y casi nadie representa.

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