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La eterna riña de los impuestos

Un debate de izquierdas y derechas que no se resuelve

El debate fiscal es uno de los principales campos de fricción política. La derecha plantea la bajada de impuestos como palanca para dinamizar la economía; la izquierda replica que esas rebajas acaban beneficiando de forma desproporcionada a las rentas más altas. En tierra de nadie se sitúa una clase media que soporta buena parte de la presión fiscal y asiste a un debate cada vez más ideologizado y menos orientado a soluciones concretas.

Más allá del cruce de consignas, el núcleo del problema es relativamente simple: la riqueza solo puede repartirse si antes se ha creado. Los impuestos, por sí mismos, no generan prosperidad; se limitan a redistribuir lo ya existente. Cuando la presión fiscal aumenta sobre empresas y trabajadores productivos, se erosionan los incentivos para invertir, contratar y asumir riesgos. El efecto no suele ser una mayor equidad, sino una menor actividad económica.

Una economía en expansión ensancha su propia base: más empresas, más empleo, más cotizantes y más consumo. En ese contexto, incluso con tipos impositivos más bajos, la recaudación puede crecer en términos absolutos. Resulta estúpido que el debate se plantee como una confrontación moral entre ricos y pobres, ignorando que sin un tejido productivo sólido no hay salarios dignos, ni pensiones viables, ni servicios públicos sostenibles.

La pregunta clave, por tanto, no es quién paga más hoy, sino cómo conseguir que mañana haya más que repartir. Castigar la creación de riqueza en nombre de su redistribución suele acabar empobreciendo al conjunto de la sociedad. En ese equilibrio —incómodo, pero imprescindible— se juega una parte decisiva del futuro económico de España.

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