Opinión
Un puente que une culturas en un mundo fragmentado
Una reivindicación de un espacio desde el que proyectarnos hacia el futuro
Alicia Vallina es historiadora del Arte
Cada año, el Día Internacional de los Museos nos invita a reflexionar sobre el papel que estas instituciones desempeñan en la sociedad contemporánea. El lema de este año, "Museos uniendo un mundo dividido" pone el foco en una idea tan urgente como necesaria: los museos como espacios de encuentro, diálogo y entendimiento entre culturas diversas. En un contexto global marcado por la fragmentación, las tensiones, la polarización y los discursos excluyentes, los museos emergen como lugares capaces de tender puentes donde otros levantan muros ya que, lejos de ser simples guardianes del pasado, estas instituciones son agentes activos en la construcción de un futuro compartido. Cada bien cultural contiene una historia que trasciende su origen y dialoga con quien la observa en un lenguaje silencioso, casi íntimo, que trae como consecuencia el hecho extraordinario del reconocimiento.
Tal como señalaba el museólogo francés Georges Henri Rivière, "el museo es un espejo donde el hombre se mira para reconocerse", pero ese reconocimiento no se limita a lo individual, ya que también implica descubrir al otro, comprender su historia, sus costumbres y su forma de ver el mundo. Por ello, la riqueza cultural de los pueblos no debería ser un motivo de división, sino de encuentro y, en este sentido, los museos tienen la responsabilidad y la oportunidad de mostrar la diversidad como un valor común. El visitante no solo debe observar lo que tiene delante sino empatizar para terminar respetando, ya que cuando un museo abre sus puertas, no solo exhibe objetos, sino que abre caminos hacia el entendimiento.
El reconocido museólogo Hugues de Varine defendía que los museos debían estar al servicio de la sociedad y su desarrollo. Hoy, ese servicio pasa por convertirlos en espacios inclusivos, donde todas las voces tengan cabida y donde las narrativas no se impongan, sino que se compartan. Por eso estas instituciones han de comprometerse a mostrar la historia desde múltiples perspectivas, incluyendo aquellas que han sido tradicionalmente silenciadas y contribuyendo a construir una memoria más justa y plural.
Los museos tienen la capacidad de narrar la historia como un relato entrelazado. En sus salas conviven culturas que nunca se encontraron en el tiempo, pero que hoy dialogan en un presente común. Pero esta mirada no es automática, sino que requiere una reflexión consciente, una voluntad de apertura. Durante mucho tiempo, los museos han sido también espacios donde ciertas voces quedaban relegadas al silencio, donde la historia se contaba desde perspectivas únicas, a menudo excluyentes, pero hoy, el desafío es construir relatos plurales, dar cabida a la diversidad sin jerarquías y permitir que cada cultura se exprese desde su propia dignidad.
En este sentido, las palabras del museólogo Hugues de Varine adquieren una vigencia renovada: los museos deben estar al servicio de la sociedad y su desarrollo. Ese servicio, en el presente, implica escuchar a las comunidades, a los pueblos originarios, a las minorías que durante siglos han visto sus historias contadas por otros. Implica también reconocer que el patrimonio no es solo material, sino profundamente humano. Mostrar esas costumbres no es un acto neutro. Es un gesto político en el mejor sentido de la palabra: una apuesta por el entendimiento, una oportunidad de romper prejuicios, de cuestionar nuestras propias certezas y de abrirnos a lo desconocido sin miedo. Porque el conocimiento, cuando es profundo, no separa, sino que une.
En un mundo donde las diferencias a menudo se instrumentalizan para dividir, los museos pueden convertirse en espacios de resistencia. Lugares donde la diversidad no se teme, sino que se celebra, donde cada cultura es presentada no como una curiosidad exótica, sino como una expresión legítima de la experiencia humana. En ese sentido, el museo deja de ser un contenedor de objetos para convertirse en un puente entre generaciones, entre territorios y entre formas de entender la vida, porque el verdadero impacto de un museo no se mide solo en visitantes, sino en las preguntas que deja, en las miradas que transforma y en los puentes que ayuda a construir.
Hay algo profundamente poético en recorrer un museo. Supone caminar entre fragmentos de tiempo, entre huellas que alguien dejó para que otros, siglos después, pudieran encontrarlas. Es escuchar voces que ya no están, pero que siguen hablando a través de lo que crearon. Y en ese acto de escucha, el visitante se transforma, ya que deja de ser un observador pasivo para convertirse en parte de una historia mayor. Quizá por eso, en tiempos de incertidumbre, los museos adquieren una relevancia especial. Nos recuerdan que la humanidad ha atravesado crisis, conflictos, cambios profundos, y que, pese a todo, ha sabido crear belleza, sensibilidad y sentido de comunidad. Nos enseñan que las diferencias no son un obstáculo, sino una riqueza, y que cada cultura aporta una mirada única, a pesar de que todas comparten la necesidad de comprender el mundo y de encontrar un lugar en él.
La tarea de los museos hoy es, en última instancia, profundamente ética. Su principal misión no consiste únicamente en conservar el pasado, sino en construir un futuro, en ofrecer espacios donde el diálogo sea posible, donde la empatía tenga lugar y donde el otro no sea percibido como una amenaza, sino como una oportunidad de aprendizaje.
Al celebrar el Día Internacional de los Museos, recordamos también esa posibilidad. La de encontrarnos en la diferencia. La de reconocernos en historias que no nos son propias, pero que, de algún modo, también nos pertenecen. La de entender que la cultura no es un territorio de disputa, sino un espacio de encuentro. El museo abre sus puertas con la intención de invitar a mirar y, sobre todo, a comprender. Esto supone un esencial punto de partida para crear un mundo más unido donde las historias no nos separen, sino que nos acerquen. Donde la memoria no sea un motivo de confrontación, sino un puente hacia la convivencia.
En definitiva, los museos nos enseñan algo esencial: que la humanidad, en toda su diversidad, es una obra colectiva en constante construcción. Y que solo reconociéndonos unos a otros podremos seguir escribiendo, juntos, su historia. En tiempos de incertidumbre, los museos nos recuerdan que, pese a nuestras diferencias, compartimos una humanidad común.
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