Opinión
El reencuentro del Noroeste
Los gobiernos de Asturias, Galicia y Castilla y León y las respectivas sociedades regionales tienen la tarea de identificar su posición en Europa, diseñar un proyecto en común y concertar iniciativas políticas
Óscar Rodríguez Buznego es profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Oviedo
Podría discutirse la existencia de un noroeste en España. Cabe decir lo mismo sobre un centro y un sur. La cuestión consiste en esclarecer si hay una parte de nuestro país que se defina por algo más que un ámbito geográfico. Aunque Asturias y Galicia están separadas de Castilla y León por un capricho geológico y han seguido trayectorias históricas distintas a partir de un mismo origen altomedieval en el reino astur, sus estructuras sociales presentan en la actualidad notables afinidades. Constituyen tres comunidades autónomas bien diferenciadas, pero tienen perfiles demográficos similares, igual renta por habitante y siguen en diversos aspectos tendencias paralelas. En todo caso, el Noroeste ha ido configurándose en las últimas décadas como una entidad con una relevancia superior a la de un mero espacio físico, lo que ha llevado a definirlo como “el nuevo Sur” español y, sea lo que sea, resulta evidente la confluencia de intereses de las tres Autonomías si pensamos en los retos que deben afrontar para despejar su futuro.
Y para ello es preciso adoptar la perspectiva de la geopolítica, término acuñado en 1899 por el politólogo sueco Rudolf Kjellén para referirse a la relación entre el poder y el territorio. En el cuadrante noroeste habita casi el 13% de la población española, que aporta el 12% al PIB nacional. Asturias representa en torno al 2% en las dos magnitudes. Cataluña y Madrid acogen el 16% y el 14% de la población, respectivamente, y se acercan al 20% del PIB cada una. Andalucía registra el 17% de la población y el 13% del PIB. Y el País Vasco, tiene el 4% de la población y su PIB es el 6% del español, porcentaje inferior a los de Galicia y Castilla y León en cuanto a población, y superior en PIB, en ambos indicadores con una diferencia de solo unas décimas.
Considerando las dimensiones de la población y el PIB, la suma de las tres Comunidades otorgaría al Noroeste la cuarta posición en el ranking estatal, a distancia de Cataluña y Madrid, y cerca de Andalucía. Por separado, Asturias ocupa en ese escalafón el puesto decimotercero. Al respecto, conviene tener muy en cuenta que desde la crisis de 2008 Asturias, Castilla y León y Galicia son las Autonomías que han visto disminuir más su peso en población en el conjunto nacional. Los datos de la demografía son particularmente negativos, por los desequilibrios que contribuyen a generar, a pesar del repunte que se aprecia en estos últimos años debido a la afluencia de un mayor número de inmigrantes.
Desde luego, en geopolítica el tamaño y la cantidad importan mucho. No obstante, las expectativas de una sociedad son fruto también de otros atributos. Por ejemplo, de la actitud que muestre ante sus problemas y la capacidad que tenga de ejercer influencia allí donde se tomen las decisiones que le afecten. En este punto, la evolución del estado autonómico invita a una reflexión. Para unos fue creado en respuesta a las demandas de los nacionalismos vasco y catalán; para otros se instituyó bajo la inspiración del estado integral de la II República, pero con espíritu federal, aunque evitando este calificativo por el rechazo que pudiera provocar en amplios sectores de la sociedad española. La realidad es que se ha quedado a medio camino entre ambas opciones. La dependencia de los grupos parlamentarios nacionalistas a la que se ven sometidos los dos grandes partidos para formar gobierno orienta las políticas públicas selectivamente entre las comunidades autónomas, tiende a privilegiar las relaciones bilaterales y anula al Senado como cámara de representación territorial. La dinámica del crecimiento económico se ha bifurcado en la línea que traza el Ebro y el estado autonómico va haciendo más explícita en el reparto de influencias la imagen de una España dual, el noreste y el frente mediterráneo, por un lado, y el noroeste y la franja occidental por el otro. La opinión pública percibe que los territorios reciben un trato desigual y una mayoría se ha dividido adoptando posturas antagónicas.
El artículo 145 rechaza categóricamente la posibilidad de una federación de comunidades autónomas. Sí prevé la posibilidad de firmar convenios para la prestación de servicios públicos y la firma de acuerdos, que deben ser autorizados por las Cortes Generales. Asturias se constituyó en comunidad autónoma uniprovincial, tras ser apartado el escollo del umbral de población surgido en el debate constituyente, al ser reconocida como “entidad regional histórica”, de acuerdo con el artículo 143. Era el deseo de la mayoría de los asturianos. Según una encuesta realizada por encargo de SADEI entre agosto y octubre de 1977, el 63% preferían una Autonomía en exclusiva, un porcentaje que fue más elevado entre los universitarios y los jóvenes. Opinaban así tanto los encuestados de derechas como los de izquierda, que discrepaban sobre el fondo de la distribución territorial del poder. El 3% se decantó por la creación de una Comunidad Autónoma formada por Asturias, Castilla y León y Galicia. El 4% prefería la unión de Asturias y León, y otro 3% optó por la integración de Asturias y Galicia. Fuera una u otra la fórmula elegida, el 81% abogaba porque todas las Comunidades tuvieran la misma autonomía política, criterio que, en una encuesta posterior, hecha en 1985, los asturianos modificaron parcialmente.
Asturias está en pleno proceso de globalización. Experimenta una transformación que podría ser incluso más radical y profunda que la desencadenada por la industrialización. Es su apertura irreversible al mundo entero. El turismo, la inmigración y la presencia múltiple y polifacética en otras latitudes son las últimas señales. El destino de Asturias, como el de Galicia y el de Castilla y León viene marcado por la acumulación de flujos de intercambio con otras regiones de España y de todo el planeta. Pero su geopolítica particular le reclama una actuación con carácter prioritario en infraestructuras, en financiación autonómica y en incentivos, que suponga un estímulo para el crecimiento económico. Y en estas materias Galicia y Castilla y León, pero sobre todo Asturias, por su reducido tamaño y su escaso peso, solo podrán alcanzar sus objetivos si comparten una estrategia y aúnan esfuerzos para girar la dinámica del estado autonómico.
La tarea de identificar su posición relativa entre las regiones de Europa, impulsar un proyecto en común y concertar iniciativas políticas compete a los gobiernos, pero implica de manera directa a la sociedad de las tres Comunidades Autónomas. A sus instituciones, las empresas, la Universidad, las organizaciones, los medios de comunicación y los ciudadanos les corresponde dar fuerza a una misma voz. Con la idea del Noroeste podría fraguarse la historia del reencuentro definitivo de tres regiones que siempre se han tratado con mutua simpatía.
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