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Escenario abierto

La política española sigue siendo un escenario abierto. El giro sociológico hacia la derecha viene atemperado por el sustrato ideológico de la España posfranquista, seguramente uno de los más izquierdistas de Europa. En realidad, lo que se percibe es una gran decepción en los dos bandos enfrentados. Juanma Moreno pasa por ser un representante del moderantismo dentro del Partido Popular: una figura, en este sentido, con bajo perfil ideológico; más centrado en la gestión –no siempre acertada– que en el enfrentamiento. Sus resultados en Andalucía, tras siete años de gobierno, han sido objetivamente buenos pero insuficientes. Todo lo contrario de los que ha obtenido el PSOE andaluz, los peores de su historia electoral; aderezados además con una victoria coyuntural, que es el papel de Vox.

La ultraderecha es el factor clave en el discurso actual de la izquierda, tanto dentro como fuera del país. Permite elevar el tono en la respuesta a la política internacional de Donald Trump y, a su vez, consigue activar los instintos del electorado español más progresista. La ultraderecha convierte la política en emoción moral, cuando debería ser más ética y mucho menos sentimental. El factor Vox empuja al Partido Popular hacia una posición incómoda, que a su vez facilita al PSOE el control del discurso público. Allí donde opera la ultraderecha se crea una frontera invisible, ausente, por cierto, allí donde interviene la ultraizquierda. La frontera puede ser ideológica, psicológica o emocional, pero nadie puede negar su existencia.

Los resultados del PSOE en Andalucía –histórico granero socialista– han sido desastrosos por dos motivos: primero, porque su voto se encuentra en mínimos históricos, a pesar de la relativa bonanza económica que vive el país después de la pandemia; segundo, porque el voto global progresista crece, pero se orienta más hacia la izquierda identitaria que hacia la socialdemocracia clásica. Sin embargo, Sánchez mide los tiempos de otro modo y sabe que los votos van y vienen. Una cosa son las elecciones autonómicas y municipales, y otra muy distinta las generales. Lo que debemos preguntarnos es cuántos de estos votos alternativos (reales a día de hoy) volverán al PSOE si se activa el miedo a la ultraderecha. Tanto Feijóo como Sánchez saben que el PP no puede gobernar solo. Lo que significa que necesita a Vox. O que lo necesitará llegado el momento.

Y esto tiene su importancia. La división de la izquierda daña mucho al PSOE, que necesita recuperar parte de ese electorado para obtener un buen número de escaños. Por otro lado, el momento Vox parece frenarse o, al menos, estancarse. Un amigo sociólogo me sugiere una hipótesis de trabajo: las elecciones generales se jugarán en la comunidad valenciana, donde se reparten treinta y tres escaños entre las tres provincias. ¿Para quién será el voto de castigo? ¿Quién dejó tirado a quién en las terribles inundaciones del mes de octubre de 2024? ¿Contra quién se dirigirá la ira popular? Si las anteriores generales se decidieron en Cataluña, es probable que esta vez el resultado de la partida se juegue en Valencia. Hasta entonces, el modo electoral seguirá activado.

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