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Neocaciquismos

Sobre oligarcas industriales asturianos y otros asuntos rancios

Al poco de aterrizar en Barcelona, una compañera de trabajo me soltó: "Tú, no te preocupes, que aquí eres de los Fulanítez". Debió de verme demasiada cara de paracaidista para ofrecerme la protección de una de las cien o doscientas familias que manejaban allí el cotarro. Extrañado, pregunté pasado un tiempo a otro colega por aquel enigmático amparo que se me había brindado, y él me lo explicó sin rodeos: "Mira: esto no es Nueva York, sino más pueblo que el Villar del Río de Berlanga". Aquella ciudad vanguardista, europea, olímpica, dinámica, abierta a la creación literaria o artística, se había vuelto a convertir de repente en un burgo feudal en el que movían sus hilos aquellos que con tanto acierto y acidez criticaba Josep Pla.

Como esto del caciquismo es más nuestro que la tortilla de patatas, a finales del diecinueve el gran caricaturista Joaquín Moya publicó un mapa de España identificando en cada provincia al personaje con mayor influencia. En Asturias dibujó a Alejandro Pidal, al que el avilesino Constantino Suárez, "Españolito", situaba en el epicentro de una maraña depredatoria o extractiva, un lozano imperio sociopolítico y económico entonces combatido sin cuartel por Clarín en la prensa; en la política por Melquiades Álvarez; y en la universidad por Buylla, Posada o Sela.

Ese poroso clientelismo seguiría imperando incluso durante el republicanismo, en el que hasta los que se decían alérgicos a tales prácticas las llevaban a cabo sin rubor, especialmente en las comarcas rurales. Aquí había en esa época, como recuerda Valentín Andrés Álvarez en sus memorias, "caciques de todos los matices y colores: conservadores, liberales, republicanos y socialistas". En el régimen anterior, los oligarcas industriales asturianos se afianzarían en ese mismo rol, junto con una casta dirigente política y sindical que, al final, acabaría trufándose con entornos tecnocráticos de indudable peso específico.

Al tratarse de una tendencia que solo encuentra vacuna eficaz en sociedades en las que las libertades y la transparencia reinan, en las que las principales cuestiones se aspiran a evaluar con cierto ánimo de objetividad, a medida que en el Principado se han perdido trenes del progreso, se han venido robusteciendo estas servidumbres más viejas que andar a pie, y que no conocen latitud en la que no hayan enraizado por idénticos motivos.

Con todo, el neocaciquismo de ahora cuenta con rasgos singulares, pese a conservar su ranciedad de siempre. En lo político, rara vez resulta censurado, aún siendo en determinados casos evidente, sino que a él no tienen empacho en someterse tan ricamente algunos de los que intervienen en la actual vida pública. Y, en lo demás, las puertas continúan abiertas de par en par, entreabiertas o cerradas a cal y canto dependiendo de que se pase o no por el aro de los que detentan el mando en plaza, aunque se trate de ámbitos diferentes al de aquél que proyecta buena sombra donde cobijarse.

Se advertirá que estos fenómenos son genuinos de comunidades primitivas, tribales o que acostumbran a marcar el territorio como los animales, con sus orines. Lo que está meridianamente claro es que no suele oler a cerrado donde se deja pasar el aire, ni perviven tampoco esos trasnochados usos que recuerdan a los que protagonizaban aquellos personajes caciquiles valleinclanescos o clarininianos que creíamos superados pero que parecen seguir vivitos y coleando en multitud de terrenos, desprendiendo ese aroma a naftalina o alcanfor que les es tan característico.

No se conoce pueblo que haya avanzado lastrado por rémoras así. Ni con una ciudadanía que no le da la mayor importancia, en ocasiones por vivir instalada en ese monumental banco de favores colectivo que asegura fidelidades perrunas a los que cortan el bacalao. n

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