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¿Y si nos quedamos sin inmigrantes?

Un informe de Funcas revela que dos de cada tres inmigrantes vienen a España de paso hacia un destino mejor

Llevamos muchos años oyendo advertencias sobre el irreversible invierno demográfico. Muchos más oyendo anuncios catastrofistas sobre la superpoblación. Aquí no hay sitio para tanta gente, nos decían, hay que aplicar estrictas políticas de restricción de la natalidad, porque faltan recursos para todos. ¿Traer hijos a este mundo? ¡Qué irresponsabilidad! Sería una crueldad, nos decíamos.

Después de tantas contradicciones, de asumir con tanta frivolidad el drama poblacional, hemos llegado oficialmente al momento de la verdad. Lo certifica la prestigiosa revista "Política Exterior" en su último número: asistimos al fin del crecimiento demográfico. ¿Y eso qué significa? "El mundo –explica la publicación– ha entrado en la fase final de su expansión demográfica: la fecundidad cae de forma generalizada, la población envejece y el crecimiento persiste, pero es cada vez más lento y desigual. Dos tercios de los países registran ya tasas de fecundidad por debajo del nivel de reemplazo".

El panorama no puede ser más sombrío. Todo indica que asistimos al final del mundo como lo conocemos, de nuestro mundo. Perder población no significa que haya más para repartir. Al contrario, perder población significa perder, y no solo recursos, sino también influencia geopolítica.

Los países más desarrollados seguirán perdiendo peso mientras que los que se encuentran en vías de desarrollo crecerán a mayor velocidad. El nuevo mapamundi podría concretarse en que África subsahariana experimentará un crecimiento espectacular y Asia meridional concentrará una parte sustancial de la población mundial. En el resto, la población está estancada, crecerá de forma más lenta e, incluso, decrecerá.

Según los expertos, más población implica "más trabajadores, mayor poderío económico y una mayor reserva potencial de soldados". La despoblación, por contra, supondrá una rémora para muchos países, que se verán abocados a un envejecimiento que tendrá efectos muy severos. El resultado final será un mundo dividido entre sociedades envejecidas y en retroceso frente a otras jóvenes y en expansión.

¿Qué hacer, visto que no conseguimos animar a las parejas jóvenes a procrear? Hasta ahora, siempre teníamos a mano el comodín de la migración. Nutrirnos de jóvenes fuertes y trabajadores, capaces de llevar a cabo los trabajos que a nosotros nos resultan más costosos.

La mala, la pésima noticia, es que las esperanzas que habíamos depositado en la inmigración han sido en vano. La pasada semana, Funcas hacía público el revelador estudio Los límites de la inmigración para el ajuste demográfico en España. La principal conclusión es dinamita para una de las ideas falsas más firmemente asentadas en este país: la inmigración no resolverá el gigantesco problema demográfico español. Tal vez, solo lo retrase.

Pero vamos a ver. ¿Cómo es posible? Si entre 2002 y 2024 España albergó a casi 15 millones de ciudadanos que habían nacido en el extranjero, si en 2024 fue el primer país europeo receptor de inmigrantes y concentró el 43% del crecimiento demográfico reciente de la Unión Europea. No puede ser. Algo falla.

Y tanto que algo falla. Y lo que parece seguro es que no son los números los que fallan, sino las falsas convicciones. De los 15 millones que acogimos, solo se quedaron 7. Los otros ocho volvieron a sus países de origen o bien probaron fortuna en otros lugares de Europa que les ofrecían mejores expectativas que España. Algo debemos de estar haciendo mal cuando no somos capaces de retener ni a un tercio de nuestros inmigrantes, cuando Alemania, Italia, Francia o Suecia retienen a más de la mitad. A este paso nos quedamos sin inmigrantes.

¿Puede aún ser aún peor? Sí, puede ser. Prácticamente el cien por cien de los inmigrantes que han cumplido los 55 años se quedan definitivamente aquí. Sabíamos que no éramos capaces de ofrecer un futuro atractivo para muchos de nuestros jóvenes, que buscan un mejor futuro en otros países, pero no sabíamos que tampoco resultaba atractivo para los que venían de fuera, más que para jubilarse. ¿Esta es la tierra de las oportunidades con la que se nos llena la boca? Igual deberíamos darle una vuelta.

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