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Opinión

El pequeño milagro de cada día

De mañana, en el modesto riachuelo casi urbano, dos patos azulones que pedalean con determinación parecen hacerlo hacia el puentecito en que observamos. Pero buscaban su lugar habitual para el aseo, bajo la modesta intimidad que proporciona un chopo inclinado, que la lámina de agua duplica al reflejarlo y entre cuyas ramas se filtran los primeros rayos de un sol todavía rasante. El chapoteo de los patitos provoca ondas concéntricas que al tropezar con el haz del sol levantan un chisporroteo de luces que se sostiene en el aire mientras dura la escena, aureolándola ante nuestra mirada atónita. Después, mientras sacuden y se atusan las plumas, las gotitas de agua que saltan replican la visión a pequeña escala una y otra vez al caer al agua y desatar ondas minúsculas. Concluida la faena de higiene cotidiana, se marchan volando a ras de agua, sin poder agradecerles el soberbio regalo.

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