Opinión
La isla que confundió soberanía con soledad
El inquietante rumbo del Reino Unido durante los últimos años
Hace dos semanas tuve el privilegio de asistir, desde la Cámara de los Lores y en presencia de Sus Majestades, a la apertura del Parlamento británico. La maquinaria simbólica del país funcionaba con precisión admirable: la Corona, las túnicas, los chaqués, las condecoraciones, los ujieres, los silencios y esa solemnidad con la que Reino Unido convierte la continuidad en una forma de arte. Todo estaba en su sitio. Ese era, precisamente, el problema. Fuera de la ceremonia, casi nada parecía ya estarlo.
Mientras el Rey leía el programa del Gobierno –energía, vivienda, sanidad, inmigración, seguridad, infraestructuras y una relación más estrecha con Europa–, Westminster contenía la respiración. Alrededor de Keir Starmer ya se hablaba de dimisiones, sucesores y desafíos internos. La liturgia decía estabilidad. La política no.
Reino Unido empieza a parecerse a Europa, lo cual no deja de tener cierta gracia para un país que pasó casi una década convencido de que podía escapar de ella.
No me refiero a Europa como institución, con sus cumbres interminables, sino a Europa como síntoma: fragmentación política, partidos tradicionales agotados, populismo de derechas, verdes urbanos, nacionalismos periféricos y una socialdemocracia que ya no sabe muy bien a quién representa.
El Brexit prometió devolver el control. Pero el control no se recupera cambiando la bandera del despacho ni el color del pasaporte. Diez años después, la pregunta ya no es quién manda, sino si queda algo verdaderamente controlable.
Las recientes elecciones locales y territoriales británicas han dejado una escena elocuente. Reform avanza. Labour, el Partido Laborista, sangra. Los conservadores parecen una casa familiar después de la mudanza: quedan muebles, retratos y deudas, pero no demasiada vida. En Gales, Plaid Cymru ha roto un siglo de dominio laborista; en Birmingham, Labour perdió el control municipal tras catorce años entre avances de Reform, Verdes e independientes. Una antigua gran ciudad industrial resume así la época: bancarrota, servicios deteriorados y nadie claramente al mando.
No hablamos solo de un revés electoral para Starmer. El síntoma es más incómodo: el viejo contenedor bipartidista ya no contiene al país que dice representar.
Durante décadas, Reino Unido convirtió la complejidad social en simplicidad parlamentaria. Clase obrera, nostalgia imperial, liberalismo urbano, nacionalismos escocés y galés o declive industrial terminaban entrando en la misma máquina: Labour o Conservative. Dos grandes puertas para un país bastante más desordenado.
Esa máquina se llama first past the post: el ganador se lleva el escaño y los demás votos, políticamente, se evaporan. Durante décadas produjo gobiernos fuertes. Ahora, en un país fragmentado, fabrica mayorías parlamentarias que ya no se corresponden con mayorías emocionales. Más que estabilidad, empieza a producir su decorado.
Starmer consiguió en 2024 una mayoría gigantesca con apenas un tercio del voto. Reform obtuvo millones de votos y solo un puñado de diputados. No es una democracia falsa, pero sí una democracia de autoridad inflada.
Eso le ocurre a Starmer. Ganó porque el país desalojó a los conservadores tras los años Johnson-Truss-Sunak, no porque se enamorara de él. Heredó el poder, pero no la propiedad emocional del país. Ahora gobierna en tierra de nadie: Streeting se mueve como aspirante, Burnham busca su regreso parlamentario y Labour discute sucesores antes de haber entendido del todo la derrota.
Starmer no es un líder de magnetismo natural, pero su problema no es solo de estilo. La política contemporánea exige resultados estructurales con calendario de redes sociales. Vivimos en una democracia de titular cada media hora, ansiedad TikTok y pura gesticulación. Ocupar la pantalla se ha vuelto más rentable que arreglar la administración. Pero una red eléctrica no se moderniza con una frase brillante, un hospital no mejora con un vídeo viral y una política de vivienda no produce gratificación inmediata.
Farage entiende esa impaciencia mejor que Starmer. Reform no ha gobernado casi nada y aún no ha decepcionado a casi nadie. Una cosa es convertir la inmigración, el hartazgo fiscal y el desprecio al establishment en emoción electoral. Otra, menos televisiva, es recoger la basura, cuadrar cuentas municipales y explicar a los vecinos que la realidad no cabe en un eslogan.
Reform ya no es solo el viejo populismo británico con una pinta en la mano y una bandera en la solapa. Se ha ido americanizando: más redes, más espectáculo, más bronca, más estética MAGA. Su fuerza consiste en decir que el sistema está roto. Su debilidad aparecerá cuando tenga que demostrar que sabe arreglar algo.
Los Verdes son el refugio de una izquierda joven, urbana y moralmente impaciente: clima, Gaza, vivienda, identidad y anticapitalismo. Llamarlo simplemente “woke” es perezoso. Negar su agenda cultural también lo es. Su crecimiento importa, pero todavía parece más protesta que propuesta clara de gobierno.
Labour queda atrapado entre esas dos fugas. Pierde votantes mayores hacia Reform y jóvenes urbanos hacia Verdes, independientes o nacionalistas. Su coalición histórica ya no cabe cómodamente en la misma habitación.
Y mientras tanto, Europa vuelve.
No vuelve todavía como adhesión formal a la Unión Europea. Eso sigue siendo tabú en Westminster, donde muchas verdades primero entran disfrazadas de matiz técnico. Vuelve como necesidad: economía, defensa, ciencia, energía, escala, seguridad, valores comunes, geografía. Todo eso que el Brexit trató como burocracia reaparece ahora como infraestructura estratégica.
Reino Unido se marchó de la Unión Europea para recuperar soberanía y ha descubierto que estar fuera no es lo mismo que estar libre. Estados Unidos ya no ofrece la fiabilidad confortable de antes. Rusia ha devuelto la guerra al continente. China no es solo un mercado, sino un sistema rival. La isla descubre que los vecinos importan.
También la inmigración revela la trampa del control simbólico. El Brexit prometió recuperar fronteras. Pero la experiencia posterior fue más ambigua: picos históricos de migración neta, presión sobre vivienda y servicios, hoteles de solicitantes de asilo y una sensación persistente de desorden. Aunque los datos más recientes indiquen una caída significativa, la percepción pública sigue marcada por los años de caos.
El ciudadano no mide la soberanía por comunicados ministeriales. La mide por si entiende quién entra, quién trabaja, quién contribuye, quién se integra y si el Estado parece saber lo que hace. El control no es necesariamente una demanda xenófoba. Es una condición funcional de un Estado de bienestar estable, siempre que se ejerza con legalidad, honestidad y sin crueldad.
Ahí está el verdadero fracaso del Brexit. No en que Reino Unido haya dejado una institución, sino en que confundió soberanía con separación. La soberanía no es una bandera, un pasaporte azul o un discurso contra Bruselas. Soberanía es capacidad.
Un país soberano construye viviendas, controla sus fronteras, produce energía, forma médicos, educa a sus hijos, hace funcionar sus trenes y tiene una Administración que no necesita tres consultoras y seis comités para decir una verdad sencilla.
Por ese criterio, el problema británico no es falta de soberanía. Es falta de seriedad.
Tampoco conviene absolver demasiado deprisa a los votantes. A menudo han comprado las mentiras que ahora desprecian: impuestos bajos y servicios escandinavos; menos inmigración y mano de obra barata; más viviendas, pero no cerca de mi casa; acceso a Europa sin obligaciones europeas. La clase política ha mentido demasiado. El país, sin embargo, ha comprado muchas mentiras cómodas con descuento.
Reino Unido no necesita otra guerra cultural, otra gira nostálgica, otro gestor sin relato ni otro populista con micrófono. Necesita una política de reparación: patriótica sin ser xenófoba, europea sin ser sumisa, verde sin ser antieconómica, liberal sin quedar capturada por cada moda ideológica y honesta sobre inmigración sin convertir a los inmigrantes en metáfora de todos los fracasos nacionales.
No sé si esa política saldrá de Labour, de los conservadores o de una alianza nueva. Streeting ya intenta ocupar ese hueco y Burnham se prepara para disputarlo desde el Parlamento, aunque todavía no sabemos si representan una renovación real o solo una nueva administración de la ansiedad. Reform posee la rabia. Los Verdes poseen la alarma moral. Labour posee el proceso. Los conservadores poseen las ruinas de sí mismos. Nadie posee todavía la renovación competente.
Reino Unido no está acabado. Pero sí está recibiendo una lección que muchos españoles, europeos y occidentales deberían escuchar. Las democracias no se mantienen con valores, ceremonias o discursos, sino con milagros aburridos: juzgados que funcionan, calles seguras, viviendas asequibles, energía fiable, fronteras creíbles e instituciones que recuerdan para qué existen.
El Brexit prometió grandeza. La historia, que suele tener un sentido del humor bastante seco, le está pidiendo algo más modesto.
Reino Unido no necesita volver a ser grande. Le bastaría, para empezar, con volver a funcionar.
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