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Disculpen la autoridad, estamos educando

Decía Séneca que "para el que no sabe a dónde va, ningún viento es favorable". Y en educación llevamos años navegando así, entre brújulas pedagógicas de plástico y expertos de tertulia convencidos de que la autoridad del docente se recupera pegando carteles de "silencio, por favor" como si un aula fuese la sala de espera de urgencias.

Los profesores hemos pasado del Don y Doña al "bro", del "perdone usted" al corregir a tener que decir "usted perdone" por corregir. Todo ello en una sociedad que exige resultados finlandeses con presupuestos tuvalianos y respeto japonés mientras practica disciplina de debate televisivo.

Porque sí, queda muy moderno eso del "profe colega", del "todos somos iguales" y del aula convertida en asamblea permanente. Pero conviene recordar algo elemental: el docente no es un animador sociocultural con rúbrica en competencias. Es autoridad docente y también autoridad pública, aunque a veces parezca que solo se acuerdan de ello para rellenar documentos administrativos. Por eso, es absolutamente necesario desarrollar la Ley de Autoridad Docente.

Mientras algunas comunidades autónomas entendieron hace años que proteger jurídicamente al profesorado era una necesidad básica y no una nostalgia de la tarima de madera, en otras se cita y se sigue debatiendo si exigir respeto puede resultar traumático. Madrid aprobó su Ley de Autoridad del Profesorado en 2010, Aragón en 2012 y posteriormente Castilla-La Mancha. Y, sorprendentemente, no regresó el blanco y negro ni aparecieron docentes patrullando pasillos a caballo. Simplemente se intentó devolver al profesor la consideración institucional que nunca debió perder.

La paradoja es magnífica, jamás hubo tantos protocolos de convivencia y nunca el profesorado se sintió tan desprotegido. Hay protocolos para el acoso, el ciberacoso, la mediación, la diversidad, la gestión emocional y probablemente pronto habrá uno para sobrevivir a las reuniones de evaluación sin asistencia psicológica. Pero cuando un docente sufre insultos, amenazas o campañas de desprestigio, la respuesta estrella de la administración sigue siendo la misma: "levante usted un informe". Al final, el problema no es que el profesor haya perdido autoridad. El verdadero problema es que algunos llevan años intentando convencernos de que perderla era progreso. Y así hemos llegado a una escuela donde un docente puede ser grabado, insultado o cuestionado por poner un parte, mientras la administración responde con sesiones de mindfulness entre la segunda hora y el recreo.

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