Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

La lección de Cervantes

A vueltas con la literatura popular y la literatura culta

Emilio Martínez Mata es catedrático emérito de Literatura Española de la Universidad de Oviedo

En los últimos tiempos, a raíz de algunas polémicas sobre ciertos premios literarios o de afirmaciones sobre el valor de la lectura, ha retornado el viejo enfrentamiento entre la literatura popular y la culta. Manuel Vilas señalaba en ese contexto el desdén de algunos críticos hacia novelas que alcanzaban el éxito comercial. Mencionaba Vilas la fortuna editorial del "Quijote" desde el primer minuto como ejemplo de difusión popular y aceptación crítica. Sería un caso indiscutido, a pesar de que al tópico del éxito progresivo del "Quijote" hay que ponerle muchos reparos: el libro tuvo un éxito notable en los primeros años, aunque ese éxito no le evitó atravesar momentos de indudable crisis (su editor, Robles, no llegó a vender por completo la tirada de la segunda parte del "Quijote", de ahí que no hiciera ninguna reedición, y a finales del XVII hubo un periodo de treinta años sin ninguna edición en español).

La cuestión está mal planteada por lo general. Y Cervantes mismo nos da la clave: hay que diferenciar distintos niveles dentro de lo que es la literatura popular, y, en su opinión, no deberíamos quedarnos en el más bajo. Al abrir con "el Quijote" un camino nuevo, distinto al de los libros de caballerías, la novela picaresca, la pastoril o la bizantina, Cervantes pretendía llegar a un amplio número de lectores. Por supuesto, cuando escribía "La Galatea" o "el Persiles" quería llegar a un público lo más amplio posible, pero a quienes tenía en mente sobre todo era a los demás escritores, a los lectores cultos. Se trataba en esas novelas de dos géneros apreciados, la novela pastoril y la bizantina, y con seguridad Cervantes se preocupaba no solo del éxito comercial, sino principalmente del juicio favorable de los entendidos.

En cambio, al aventurarse con "el Quijote" en un género narrativo nuevo su principal interés habría sido la difusión popular. Sería bien consciente, sin duda, de que no podría esperar la valoración de los cultos: la novela no era entonces un género estimado, únicamente podrían alcanzar ese rango la pastoril y la bizantina por sus antecedentes clásicos. Aun cuando su intención fuera llegar a un público lo más numeroso posible, no siguió los caminos que se habían mostrado eficaces en ese objetivo. Al contrario, trató de hacerlo confrontando "el Quijote" con dos tipos de literatura popular con los que se sentía bien disconforme: la literatura popular preñada de moralidad, es decir, el caso del "Guzmán de Alfarache", cuyo didactismo le parecía inadecuado, y la que aunaba infinidad de peripecias con sentimentalismo barato, la representada por los libros de caballerías.

"El Quijote" es la respuesta de Cervantes a esos dos tipos de literatura popular, que habían tenido un gran éxito de público, con los que se encontraba en radical desacuerdo. Del "Guzmán" difería en la forma de incorporar el didactismo moral: lo que había hecho Mateo Alemán le parecería, a juzgar por lo que dice en el prólogo de la primera parte del "Quijote", una monserga inadecuada para la ficción. Pero estaba de acuerdo en que la novela no debería hacer ascos a los planteamientos morales. En su manera de ver la novela, la ficción era un excelente escenario para plantear los problemas afectivos y las cuestiones morales, es decir, cómo debe ser el comportamiento de las personas reales. Su lección sería la de que ese contenido, además de accesible a cualquier lector, debería estar integrado en el relato en combinación armónica, sin que se perciba un desajuste.

De los libros de caballerías, no solo le repugnaba la inverosimilitud extremada, una acción por completo disparatada, sino también el sentimentalismo excesivamente simple que propiciaban, alejado de los problemas afectivos y de los sentimientos que experimentan los seres humanos. Cervantes era bien consciente de la capacidad de seducción de lo maravilloso y de lo fantástico (pone en boca de don Quijote de un modo muy efectivo el relato abreviado de una aventura fabulosa, la del caballero del lago hirviente), así como del interés que despierta lo sentimental y lo erótico en personas sin formación (la hija del ventero y la criada Maritornes).

Sabe, pues, que para atraer el interés de un público lo más amplio posible tiene que servirse de la diversidad y variedad de los episodios, así como de las historias de amor. Pero rechaza el sentimentalismo elemental de los libros de caballerías, centrado casi por completo en la problemática del rechazo o la aceptación. Por el contrario, Cervantes incorpora una gran diversidad de historias amorosas, historias en las que se plantean problemas reales, desde la lealtad y la traición a las dificultades que producen las intervenciones guiadas por motivaciones egoístas (por ejemplo, Anselmo y don Fernando son personajes que se dejan arrastrar por sus pulsiones sin pensar en las consecuencias en los demás). Frente a esas conductas, presenta comportamientos femeninos llenos de dignidad, capaces de dar respuesta apasionada a la vez que sensata a los problemas que plantean situaciones bien reales, como el interés económico de los padres en los matrimonios de sus hijas o los desmanes de los poderosos.

Cervantes pretende llegar a un amplio número de lectores de una manera sencilla, pero no simple ni burda (tampoco tramposa: no busca arrastrar al lector a las cenagosas aguas de lo sentimentaloide, sino a la intrincada selva de los sentimientos reales). Se sirve de diversas historias, intercaladas entre las de don Quijote y Sancho por distintos procedimientos, para exponer una amplia variedad de situaciones y de conductas con el fin de desplegar ante el lector una gama lo más amplia posible de comportamientos ante los problemas y encrucijadas vitales, de orden no solo amoroso, sino también ético y social, a través de las consecuencias que esas conductas tienen en la vida y la felicidad de los otros.

Es consciente de la seducción de lo maravilloso por sí mismo, sin más sustancia que la propia aventura, y de que por esa vía puede llegar a un público muy amplio. Prefiere, sin embargo, una literatura que despliegue ante el lector la gama más diversa posible de conductas bien reales, no ya aventuras construidas con problemas imaginarios.

La respuesta que nos da Cervantes al dilema que nos planteamos hoy entre literatura popular y culta es la de que, por supuesto, la literatura popular tiene que estar al alcance del mayor número posible de lectores, sin barreras para los que no tienen formación cultural. Pero la clave estaría en que la facilidad de acceso no debería implicar elementalidad. En su concepción, y eso podría ser una enseñanza igualmente válida hoy, la literatura popular no debería limitarse a contenidos superficiales, sino plantear al lector los problemas de la existencia, las cuestiones que nos preocupan, al igual que la literatura culta, aunque, como es obvio, ha de hacerlo por otro camino, más fácil de transitar.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents