Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Sánchez en el búnker

La soledad del presidente del Gobierno, encerrado en su castillo

En el búnker del sanchismo ya no se gobierna: se ensaya la resistencia numantina. Se vive atrincherado, con la persiana bajada y el argumentario en modo salazón, aguardando que amaine una tormenta que cada semana anuncia mayor aguacero. Pedro Sánchez aparece en escena como esos pirómanos que, rodeados por el incendio, siguen preguntándose quién encendió la yesca, sin reconocer que la cerilla está entre sus dedos.

El problema del búnker no es el encierro, sino mirar a la cara a los que quedan dentro y echar cuentas de cuándo llegará la policía con mandato judicial para sacar esposados. Malo es que el mentor Zapatero, guardián de las esencias, se haya convertido en la Carmen Polo del régimen, ahogado por los collares. Pero aún es peor el asomo de la esposa y el hermano, los inoportunos que tal vez pretendieron que la política fuera una franquicia familiar.

En el búnker se confunde el Estado con el propio interés, la crítica con el golpe bajo y la alternancia con el apocalipsis. Y así van pasando los días, proclamando normalidad mientras se tapan las goteras con tuits del ministro de Transportes, empeñado en llamar colonia a lo que huele que apesta.

Al final, el sanchismo quizá muera de corrupción cuando su pecado original fue otro: confundir poder con propiedad y aliarse con los operarios de la piqueta de las empresas periféricas dispuestos a demoler el Estado. No es poca ironía que la historia vaya a recordar al demoledor más por las mordidas de sus amigos que por los escombros que deja.

Tracking Pixel Contents