Opinión
La mirada de Lúculo: La felicidad inmediata del foodie
La comida no ha dejado de convertirse desde hace décadas en una experiencia intensa y fotogénica, con la ventaja incomparable de que permite sentir sofisticación sin un excesivo esfuerzo intelectual

La mirada de Lúculo: La felicidad inmediata del foodie / Pablo García
El fenómeno foodie —palabra que ya resulta insoportable de tan sobada— no nació para amar la comida, sino para convertirla en un espejo. No importa tanto el plato como la persona que lo consume y la forma en que lo narra. Comer ya no es ingerir; es proyectarse. Hay gente incapaz de probar una croqueta sin antes iluminarla con la pantalla del móvil, inclinar ligeramente la muñeca y hacer tres fotos desde arriba, dos de perfil y una casual, con la copa de vino desenfocada detrás. Mientras tanto, la croqueta se enfría y el mundo sigue girando.
Nadie sabe exactamente cuándo ocurrió el tránsito de la necesidad al placer, y del placer al espectáculo, en la comida. Quizá empezó el día en que alguien decidió fotografiar una yema de huevo rota sobre un tartar como si estuviera documentando el hallazgo de una civilización perdida. O cuando un camarero dejó de preguntar simplemente si todo estaba bueno para explicar, con solemnidad, el origen sentimental de una zanahoria fermentada durante nueve lunas en una granja biodinámica de Cuenca. Desde entonces, la gastronomía pasó de ser cocina a convertirse en relato, catecismo y, sobre todo, identidad. El identitarismo, en toda su amplitud, es una de las nuevas plagas de la humanidad.
Lo extraordinario es que esta ceremonia no se ha agotado. Llevamos bastante más de una década asistiendo al mismo desfile de panes de masa madre, ceviches con flores microscópicas, hamburguesas canallas, vermús de autor y cafés de especialidad servidos por tipos con barba bíblica y tatuajes geométricos. Uno pensaría que la moda habría colapsado bajo el peso de su propia caricatura. Y sin embargo no. Persiste con una energía casi religiosa. La gastronomía hoy ha construido un lenguaje propio, y como sucede con todos los lenguajes cerrados, sirve antes para excluir que para comunicar. Ya nadie fríe, "marca". Ya nadie cocina lento, se "trabaja el producto". Los platos "dialogan", los sabores "viajan", las texturas "acarician". Hay cartas que parecen redactadas por un comité de poetas asmáticos. Pero, con frecuencia, se celebran.
Detrás de esta inflación verbal suele haber muy poco. Uno rasca el barniz conceptual y encuentra la vieja vanidad humana, intacta y vigorosa. Antes la gente presumía de linaje; ahora de reservas imposibles. "Conseguimos mesa" ha sustituido al antiguo "nos invitaron al palco". La gastronomía se ha vuelto una forma de capital cultural; saber dónde comer, qué pedir y cómo describirlo otorga prestigio. No hace falta tener dinero antiguo; basta con conocer el sitio adecuado para desayunar un brioche relleno de pastrami coreano con algo de kimchi. Los influencers alimentarios representan la culminación lógica del proceso. Son turistas permanentes de la novedad. Recorren ciudades como inspectores del entusiasmo obligatorio, grabando vídeos donde todo es "una locura", "otro nivel" o "una experiencia brutal". El algoritmo exige éxtasis constante. Nadie puede simplemente comer un flan correcto. El flan debe provocar lágrimas, reconciliaciones familiares o revelaciones místicas. Es el famoso flan conmovedor.
Aun así, sería demasiado fácil despachar todo esto como una simple estupidez contemporánea. Hay algo más profundo en esa persistencia. La pasión gastronómica sobrevive porque llena huecos que otras cosas dejaron vacíos. En sociedades donde la religión se ha debilitado, las ideologías se consumen rápido y el trabajo raramente otorga sentido, la comida ofrece una felicidad inmediata, comprensible y compartible. Un plato llega, se contempla, se comenta y desaparece. Es una experiencia perfecta para tiempos fragmentarios: intensa, breve y fotogénica. Además, la gastronomía tiene una ventaja incomparable: permite sentir sofisticación sin excesivo esfuerzo intelectual. Para hablar de literatura hace falta leer; para hablar de cine con cierta soltura conviene haber visto muchas películas. Pero cualquiera puede opinar sobre una tortilla de patatas. Esa accesibilidad convierte la comida en el territorio ideal para la representación social. Todo el mundo puede entrar en la conversación, aunque la conversación esté llena de disparates. También influye una ansiedad muy contemporánea, que es el miedo a vivir de forma vulgar. Últimamente, desde la pandemia, existe además el temor a quedarse nuevamente encerrado sin antes atiborrarse de baos chinos rellenos de chistorra.
Comer en ciertos lugares tranquiliza a muchos porque les hace sentirse participantes de algo refinado, singular, contemporáneo. El restaurante moderno ya no vende únicamente comida; comercia con el relato moral. Producto local, sostenibilidad, fermentaciones ancestrales, pescadores felices, huertos regenerativos. El comensal no solo cena, se siente también éticamente superior mientras mastica. Hay restaurantes donde uno sospecha que el verdadero menú no está en la cocina, sino en la mesa de al lado. Personas observando a otras personas que también desean ser observadas. Lugares concebidos para la circulación digital antes que para el apetito. La luz favorece las fotografías más que la intimidad. A veces los platos llegan sincronizados para que todos filmen el instante exacto del corte, del humo o del chorreo. Comer se ha vuelto una representación teatral de la espontaneidad. No hace mucho volví a asistir a una de esas funciones y por eso vuelvo a escribir sobre algo de lo que ya me ocupé otras veces pero me sigue produciendo cierto desasosiego existencial.
Pese a todo, la gente sigue buscando algo verdadero ahí dentro. A veces lo encuentra. Porque incluso bajo la capa del ridículo, el postureo y los adjetivos innecesarios, permanece intacto un placer elemental: compartir una mesa. Esa quizá sea la razón última de la resistencia del fenómeno. Creo y opino que hay una contradicción entre el hecho del placer y esa ansiedad escénica del foodie, cuando la necesidad de demostrar que se vive bien impide vivir bien de verdad. Pero probablemente esa contradicción explique también el éxito interminable. Porque el foodie de hoy no busca únicamente comer, pretende confirmarse a sí mismo. Y pocas cosas producen tanta satisfacción contemporánea como la sensación de pertenecer, aunque sea ocasionalmente, a una comunidad de elegidos que sabe dónde sirven el mejor ramen.
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