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El chivo expiatorio

El mejor amigo del hombre, y sobre todo del político, ya no es el perro

El perro se dio de baja como mejor amigo del hombre y dejó de asumir culpas que no eran suyas. Desde entonces, el puesto lo ocupa otro animal, menos fotogénico, pero infinitamente más útil: el chivo expiatorio. No trae la pelota en la boca, no mueve el rabo, pero asume los golpes con una elegancia pastoral.

El chivo expiatorio es el inevitable compañero de aventuras del ser humano moderno. Es el único capaz de convertir el fracaso ajeno en vocación propia. Donde hay un error, siempre aparece un chivo; donde hay un chivo, alguien gana en alivio.

En la oficina es imprescindible: los proyectos fracasan, los plazos se incumplen, pero nadie duerme mal porque el chivo ha tomado nota de los deslices de los demás. En política es un fijo discontinuo: cambia de nombre, de cara o de colectivo, pero nunca de función. En la familia aparece en Navidad, entre el segundo plato y el reproche mal digerido. Y en la conciencia individual vive como okupa permanente.

El perro es fiel, pero tiene límites. El chivo, no: se declara culpable antes de que se celebre el juicio. No necesita pruebas, solo un dedo acusador. Es el amigo ideal porque no exige responsabilidad y ofrece su cabeza en sacrificio. Vive permanentemente en la presunción de culpabilidad, mientras los demás caminamos ligeros de culpa.

Puede que el perro sea el mejor amigo del hombre, pero el chivo expiatorio es su mejor coartada. Y en un mundo donde todos quieren quedar inocentes, el chivo vale más que cualquier lealtad. Apliquen esta reflexión a la política actual y verán que es bien cierta.

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