Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

El veneno del capitán

El salto a la luz de la condena en 2010 de Juan Carlos Aragón está reabriendo un debate latente: qué ocurre cuando las instituciones públicas ensalzan a figuras culturales admiradas, pero condenadas por la justicia por ejercer maltrato contra las mujeres.

El carnaval gaditano se piensa como un lugar progresista y lleno de conciencia crítica. Juan Carlos, profesor de filosofía-vaya, vaya-, fue uno de esos tipos con muchos amigos, que podía escribir brillantes argumentos contra las desigualdades de clase y, al mismo tiempo, ejercer violencia machista. Ya lo decimos las feministas: En la calle, el Ché. En casa, Pinochet.

Borrar su nombre de la fachada de un centro público de estudios no se trata de negar su talento artístico, sino de valorar qué legitimamos como sociedad cuando las instituciones convierten a una persona condenada judicialmente en referente. Una cosa es escuchar o analizar las obras y, otra muy distinta, ensalzar a todo su ser dando su nombre, nada más y nada menos, que a un instituto público.

La violencia machista, tan arraigada en las entrañas de la cultural española, no es un error doméstico ni una cuestión privada, es una vulneración gravísima de los derechos humanos. El talento: saber filmar, escribir, pintar o golpear una pelota con el pie y meter gol, no puede servir como pasaporte para la amnistía moral a costa de un doble daño para la(s) víctima(s). Es hora de dejar de romantizar a agresores por su capital cultural o social. Las denunciantes de Polanski, Woody Allen, Marilyn Manson, Dani Alves han sufrido tal descrédito que sus testimonios han sido minimizados o directamente ignorados y ridiculizados. Muchas feministas nos preguntamos hasta cuándo.

¿Qué sentiría esa mujer cuando lo viera ensalzado a referente educativo? Si hubiera sido agresivo con un futbolista o un alcalde, lo veríamos nítido, pero no es así en el caso de las mujeres. Con las mujeres ya tal. Qué mayor muestra de la necesidad de educación feminista.Si seguimos permitiendo que hoy día el prestigio pese más que la violencia, el mensaje para las víctimas es devastador y para otros hombres una garantía de absolución. La reparación simbólica, por tanto, tiene que darse.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents