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De la evocación al reencuentro

Homenaje al Beato Juan Alonso en su aldea natal de Cuérigo

Arcadio Alonso es hermano del beato Juan Alonso

La celebración religioso-festiva que la Unidad Pastoral del Alto Aller y la Delegación Diocesana de Misiones programaron en junio del 2021,como homenaje de veneración al Beato juan Alonso, en su aldea natal de Cuérigo, fue una iniciativa que ha tenido continuidad en los años siguientes, haciéndose extensiva a sus compañeros misioneros mártires del Quiché (Guatemala). En esta ocasión, la misa concelebrada tendrá lugar el día 5 de junio, a las 12.30 horas, en la iglesia parroquial de la aldea, en la cual fue bautizado en noviembre de 1933 y celebró su primera misa en junio de 1960. La celebración religiosa termina con la veneración de los participantes a la reliquia entronizada en la iglesia con motivo de su beatificación y el posterior encuentro festivo ante la placa que conmemora la dedicación a su nombre de la calle que bordea a la Iglesia en dirección al centro del pueblo.

De la evocación al reencuentro

De la evocación al reencuentro

Aquel "Cuérigo de mi raíz y mi semilla" al que hace frecuentes referencias en su "Diario misionero", revela hasta qué punto mantuvo grabados en la memoria hechos y vivencias de sus años de infancia y adolescencia, en el ámbito familiar y escolar, en contacto con el medio físico natural y el entorno vecinal de la aldea. Y todo ello coincidiendo con los años convulsos que precedieron y siguieron a la guerra civil, con las consecuencias de penuria material y de tensiones en la convivencia que se derivaron de ella. Durante el periodo de permanencia de nuestra familia en la vieja casona de nuestro abuelo materno (Xuan de nâ, en el lenguaje coloquial del pueblo), él fue comprendiendo la importancia que tuvo en su vida el hecho den formar parte de un hogar unido y la comunicación espontánea y confiada entre miembros de diferentes generaciones, compartiendo pan y trabajo, bienes y privaciones, desazones y esperanzas.

En cualquier caso, el hecho al que atribuye más transcendencia personal es la huella que dejó en él la forma de ser y actuar de nuestra madre. Su ejemplo constante de atención amorosa a cada uno de los miembro del hogar, su laboriosidad tenaz y perseverante, el coraje para afrontar trances difíciles o contrariedades, la disponibilidad para la colaboración desinteresada para con los vecinos y su coherencia con la fe cristiana que profesaba fueron para él una auténtica escuela de vida. Ese sentimiento de cercanía siguió estando muy vivo en los años posteriores de su labor evangelizadora a la que ,en algún modo, mantuvo siempre asociada, tal como puede verse leyendo sus cartas o los comentarios que se refieren a ella en su "Diario misionero". "Te siento siempre a mi lado, tu recuerdo y tú oración me acompañan", le decía tras la inauguración de la Iglesia levantada por él en Lancetillo, juntamente con la escuela del poblado y un dispensario médico, con el apoyo moral y ayuda económica de la Asociación Católica alemana Adveniat.

Su última estancia de descanso en Cuérigo tuvo lugar en septiembre de 1977.Tres meses antes habían tenido lugar dos acontecimientos que, por motivos diferentes, le afectaron muy positivamente. Uno de ellos fue la celebración en junio de las primeras elecciones democráticas en la España de la posguerra, hecho que situaba al país en un horizonte esperanzador de convivencia social y política. El otro, directamente relacionado con su condición de misionero en el Quiché, fue la presencia de la Iglesia de Asturias en ese departamento, al constituirse una Misión Diocesana, conforme al Convenio de Cooperación Pastoral acordado por nuestro Arzobispo D. Gabino Díaz Merchán y el titular de la Diócesis de Santa Cruz del Quiché. Los sacerdotes voluntarios de esa misión eran César Rodríguez, José Mª. Orviz y M. Montoto, a quienes se uniría más tarde J. Antonio Álvarez. Las parroquias de Chicamán, Uspantán y Cunén que les fueron confiadas se situaban muy próximas a otras varias en las que los Misioneros del Sagrado Corazón trabajaban desde hacía más de dos décadas y con quienes mantuvieron una relación muy estrecha en proyectos y actuaciones prácticas de evangelización y promoción de las comunidades cristianas indígenas.

La visita a Covadonga en septiembre, acompañado de Luis Legaspi, Delegado de Misiones, y de familiares y amigos que querían compartir esa pausa de reflexión y sosiego, fue para él un reencuentro con los momentos vividos allí, días antes de partir para la misión en ese mismo mes del año 1960, así como una toma de aliento y animoso impulso para su próximo retorno a ella. En la misa celebrada en la gruta de la Santina, y tras recordar a los presentes que ella era también la patrona de su parroquia de Lancetillo, hizo referencia a la dificultad que entraña el empeño misionero de conseguir la acogida del mensaje evangélico por personas profundamente ligadas a un determinado ámbito cultural, como ocurre con las etnias mayas y los diferentes pueblos de otros continentes. Este proceso de encarnación del Evangelio, no a modo de adaptación superficial, si no de forma vital, en profundidad, exige un esfuerzo continuado de aprendizaje, de cercanía, de vida compartida, de percepción desde dentro de las claves que identifican a una comunidad cultural. En ella inciden, en efecto, tradiciones, creencias, costumbres, pautas de comportamiento individual, familiar y social, modos peculiares de relacionarse con la naturaleza y de entender o practicar la creación artística. La Misión es, por eso una tarea siempre abierta, inacabada, exigente y creativa, en la que el testimonio de vida (vivir lo que se cree, anunciar lo que se vive) es condición esencial para aceptación del mensaje evangélico que se proclama.

Con esa convicción interiorizada y consciente de que la situación de Guatemala, en particular la de el departamento del Quiché, se estaba agravando desde hacía varios años (amenazas, secuestros, torturas, expolio de tierras a los campesinos, hostilidad creciente hacia la Iglesia Católica y sus colaboradores), no ocultó a sus oyentes que los misioneros se encontraban ante nuevos desafíos y riesgos de especial dificultad que deberían afrontar, como aconsejaba S. Pablo, "con la coraza de la fe y del amor" (I Tes.5,8). Y pronto llegó el momento de demostrarlo.

A comienzos de 1978, en efecto, pocos meses después de su regreso al Quiché, la llegada al poder del general dictador Romeo Lucas (1978-1982) constituye el punto de partida de un periodo que los historiadores consideran el más violento, inhumano y destructivo de la historia moderna de Guatemala y que se prolonga en los mandatos posteriores de Ríos Montt y Mejía Vítores. Los dos primeros años de esta década fueros especialmente trágicos para la población indígena y las comunidades cristianas de El Quiché. Entre otros hechos relevantes figuran, en 1980, la intensificación del genocidio, el asalto a la Embajada española para dar muerte a los campesinos refugiados en ella, la decisión de clausurar la diócesis y el asesinato den los dos primeros sacerdotes misioneros del Sagrado Corazón, José María Gran y Faustino Villanueva. La decisión de Juan de seguir presente en las parroquias situadas en el centro del departamento, sabiendo el riesgo que asumía, fue el pretexto que movió al ejército a decidir su muerte cuando se desplazaba desde Uspantán a Cunén, para celebrar la misa dominical. Era el día 15 de febrero de 1981: "Por miedo jamás negaré la presencia entre mis gentes", me había escrito en su última carta dos días antes de ser asesinado.

Sí, amigo lector, su testimonio de ofrenda martirial no solo interpela a quienes comparten su fe cristiana sino a cuantas personas, desde convicciones o creencias diferentes, participan en el empeño de ir haciendo efectivo en la realidad histórica el llamado proceso de humanización, generan espacios de entendimiento y comparten acciones solidarias al servicio de grupos humanos indefensos, sometidos a situaciones inhumanas de injusticia y marginación, o se ven excluidos de futuro.

"Vos, San Juan Alonso" , son las palabras iniciales del primer himno que compuso la comunidad parroquial de Lancetillo, meses después de su muerte, para agradecer su opción en favor de ellos, inspirada en la fe que compromete ,la esperanza que reanima y el amor que rehace y libera. Martirio, semilla de humanidad nueva, esa es la música callada que nos congrega, una vez más en el Cuérigo natal de nuestro beato Juan Alonso, testigo fiel del Evangelio, cuyo Diario Misionero tiene como referencia inicial esta confidencia de S. Pablo a los fieles de Corinto: "Para vida o para muerte os llevo en el corazón" (2 Cor. 1,19)

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