Opinión
"Poderes en la sombra"
Cuando la cercanía a los que mandan se convierte en privilegio
¡Qué arduo es abordar seriamente algunos temas! Por ejemplo, lo de los lobbys y el tráfico de influencias. Algo difícil, muy difícil de comprender para el ciudadano medio... y todavía más complejo de acertar con el diagnóstico profesional.
Lo primero que hay que decir es que los grupos de presión no son necesariamente ilegales, y ahí está el problema: discernir la sutil frontera que hay entre la representación legítima de unos intereses y la consultoría ventajista. Necesitaría uno ser alguien importante para conocer cómo es el arte de crear tramas de este alcance tan solo con el florete de la persuasión.
Los más avezados echan en falta una normativa, ya que no existe todavía una gran "Ley estatal de lobbies" comparable a la de otros países –aunque sí haya normas, registros y obligaciones de transparencia–. Una ley que regularice estos asuntos, totalmente enmarañados en la vida pública y que alcanzan, en ocasiones, tal grado de sofisticación que se hace imposible pronunciarse sin riesgo de errar el tiro.
Desde el fondo de la pirámide se observa que muchos ciudadanos nos irritamos a la carta, es decir, mostramos enfado cuando nos conviene o cuando nuestros intereses nos lo permiten. Nos fijamos demasiado en los grandes casos, pero muy poco en los que tenemos a nuestro lado que, aunque menores, no dejan de tener un olor putrefacto.
Y mientras disciernes quién es un lobista legal o de los otros, tienes que reprimir la oscura tentación de admirarlo, porque nos atrae su capacidad de moverse entre las masas, de hilar de manera casi invisible, de hacer magistralmente contactos en contextos inconexos. Cómo y a qué dedique después su influencia es casi como que no tuviera importancia. Se desenvuelven con una seguridad en sí mismos que tal parece que lleven la impunidad de nacimiento, madurándola en silencio ante la poca trascendencia de sus maniobras.
Lo del tráfico de influencias lo encontramos a diario en nuestra vida cotidiana porque, reconozcámoslo o no, es casi ya un estilo de vida. Son microhistorias que se escriben en oficinas y despachos con obstinada reiteración aunque sin la repercusión de las movidas de élite. Pero ahí están, para sacar los colores si alguien, por un momento, le da por mirar hacia otro lado.
Que un alto cargo, directa o indirectamente, incida en un determinado entorno es de lógica humana. Además, muchas veces entran hasta con buena intención, incluso como servidores públicos, pero poco a poco se van enredando. Es decir: que en un periquete pasan de tener una oficina de asesoramiento a un sumario judicial abierto.
Todos podríamos contar episodios absolutamente incompatibles con la ética y que, si no son comunes, son lo suficientemente frecuentes para que no nos hagamos los sorprendidos. Por ello, no nos rasguemos las vestiduras. Somos campeones en hacernos los tontos.
No se trata de convertir cualquier contacto o relación en sospecha. Ninguna sociedad funciona sin interlocución entre instituciones, empresas o colectivos. El problema surge cuando la cercanía al poder se convierte en un privilegio reservado a unos pocos, cuando el interés general queda relegado al beneficio personal.
La sensación de desigualdad no nace solo de las decisiones, sino también de la percepción de que algunos juegan con reglas distintas. Y cuando la ciudadanía empieza a creer que existen accesos reservados y caminos invisibles, la confianza en las instituciones comienza a erosionarse y la transparencia a evaporarse.
Porque detrás de muchas grandes decisiones hay hilos que no siempre se ven y, a menudo, el verdadero poder no es el que aparece en primera línea, sino el que discretamente manipula las marionetas desde detrás del telón.
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