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Nacionalismos

Por resumirlo; tenemos un Gobierno tan infame como inútil y una oposición que brilla por su ineficacia. Vox es, con su desafío polarizador, la prueba de que Sánchez jamás hubiera encontrado mejor aliado de su propia estrategia victimista; el Partido Popular, con sus nefastos dirigentes, no acaba de sacar los pies de un charco cuando ya los ha metido en otro. Lo último es el cantinfleo de Nuñez Feijóo con una moción de censura imposible, que solo sirve para desviar el foco de la corrupción del Gobierno.

El colmo de las desdichas está en el nacionalismo que no se puede ver ya como una solución estabilizadora ni centrada de los problemas de España. En el caso de los independentistas catalanes, han demostrado sobradamente su desinterés por garantizar el funcionamiento de un Estado igualitario y democrático. Intrínsecamente, también, por la correa que mueve e inspira a los nacionalistas desde sus orígenes retrógrados. En el País Vasco, el carlismo y Sabino Arana están en la génesis del PNV. De Bildu, mejor no hablar para evitar estremecerse. En cuanto a Cataluña, el independentismo no se ha molestado en disimular su cualidad supremacista ni su arrepentimiento tras el golpe de 2017 cometido contra el orden constitucional.

El nacionalismo se sustenta en las viejas pulsiones identitarias que fomentan le exclusión de los demás; no existe totalitarismo que no las haya tenido en algún momento de la historia. Es un error moral pero también práctico acercarse a él cuando vive un momento radicalizado que lo lleva a exigir posiciones de privilegio siempre que encuentra oportunidad de hacerlo, mostrando una fuerza sobre el resto de los españoles que no le corresponde en votos pero que hace valer gracias a una ley electoral absurda que nadie ha querido cambiar. El paso adelante que van a exigir los nacionalistas, como han venido demostrando durante toda la legislatura, es el de una España confederada y profundamente asimétrica. De distintos españoles.

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