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No, no soy minero

Nuestro sistema reconoce coeficientes reductores para profesiones especialmente penosas, peligrosas o insalubres. Mineros, trabajadores del mar o determinados cuerpos de seguridad pueden acceder a mecanismos que compensan el deterioro acumulado tras años de servicio. Nadie discute que bajar cada día a una mina deja huella. Sin embargo, parece más complicado aceptar que entrar cada mañana en un aula también pueda dejarla.

Durante demasiado tiempo se ha mantenido una visión simplista de la docencia. Se habla de vocación, de horarios y de vacaciones, pero rara vez del precio emocional que supone sostener durante décadas la responsabilidad de educar. La realidad de los centros educativos está marcada por una creciente presión burocrática, cambios normativos continuos, conflictos de convivencia, atención a familias cada vez más exigentes y una responsabilidad social que no deja de aumentar.

Los docentes no solo enseñan. También median, orientan, gestionan conflictos, atienden problemas emocionales y responden a demandas que hace años ni siquiera formaban parte de sus funciones. Mientras tanto, la autoridad profesional se debilita y las exigencias se multiplican. Las consecuencias no son una percepción subjetiva. Ansiedad, depresión, estrés crónico y síndrome de burnout aparecen cada vez con más frecuencia entre las patologías asociadas a la profesión docente. Son enfermedades invisibles, pero no por ello menos incapacitantes. En muchos casos impiden desarrollar adecuadamente la labor educativa mucho antes de alcanzar la edad legal de jubilación.

No se trata de reclamar privilegios. Se trata de reconocer una realidad laboral mediante criterios médicos rigurosos y procedimientos objetivos que permitan contemplar coeficientes reductores cuando determinadas patologías derivadas del ejercicio prolongado de la docencia imposibiliten continuar en condiciones adecuadas. No, no somos mineros. Nunca hemos bajado a una galería ni respirado polvo de carbón. Nuestra herramienta ha sido una tiza, una pizarra o una pantalla digital. Sin embargo, después de una vida lidiando con burocracia, conflictos, reformas educativas, exigencias crecientes y desgaste emocional, quizá alguien deba empezar a aceptar que no todas las minas están bajo tierra.

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