Opinión
Hasta la vista, marjane
En las viñetas de "Persépolis" siempre reencontraremos a la niña que nos hizo llorar e indignarnos ante la injusticia
Marjane Satrapi ha muerto de pena. Podría haber sucumbido a la rabia o la desesperación, que razones no faltan para ello, pero Satrapi, lo sabe quien la ha leído, era, más que cualquier otra cosa, una sentimental. Cabezota y respondona, como ella misma se narraba de niña, conservó aquel espíritu indómito en su edad adulta y eso fue, probablemente, lo que la sostuvo, con tanta coherencia, durante toda su vida. Eso y el amor, el gran amor, encarnado en Mattias Ripa, su compañero y su esposo.
¿Cómo nos pudo cautivar tan fácilmente Marjane en "Persépolis"? ¿Y cómo despertó nuestra curiosidad por un país tan lejano como Irán y por su historia? ¿Cómo nos explicó lo que resultaba incomprensible? ¿Cómo nos condujo por la debacle de una sociedad moderna y culta hasta el advenimiento del imperio de la oscuridad y el miedo?
Lo hizo conectándonos con aquellos hechos a través de su propia vivencia. En el fondo lo que Marjane nos contaba era su tránsito de la niñez a la adolescencia y luego a una primera juventud, un tránsito que suele ser tortuoso y que en su caso se agravaba por las urgencias externas.
Es fácil reconocerse en la perplejidad, las contradicciones y las angustias de Marjane en esos años. A través de esa conexión se entiende luego el estupor, la fractura y el desarraigo en la que la sumieron la revolución islámica del 79 en Irán y lo que vino tras ella.
Marjane experimentó al mismo tiempo el exilio de la infancia y el de la patria. En la treintena, a punto de entrar ya definitivamente en la edad adulta, publicó su gran novela gráfica. Muchos la leímos cuando teníamos su misma edad. Nos enfadó lo que nos contaba, nos hizo llorar, nos enterneció. También nos hizo reír. Nos descubrió la tragedia de su pueblo a través de su tragedia personal.
Marjane se sobrepuso a la adversidad y a la depresión. Fue admitida en la élite intelectual francesa, fue aclamada. Tuvo amigos, tuvo amores. Tuvo seguidores. Sostuvo la lucha de su pueblo por la libertad desde el exilio.
Dio su última batalla pública por los jóvenes iraníes con la publicación de un libro que tituló con el lema de la nueva revolución, "Mujer, vida, libertad", y en el que reunió a intelectuales y dibujantes para denunciar los desmanes y las consecuencias del integrismo político y religioso.
Marjane Satrapi ha muerto. Perdió al gran amor de su vida y la pena pudo con ella. En cierto modo, la entendemos. Nosotros la reencontraremos en las viñetas de "Persépolis", testaruda, asustada, con su afinado sentido de la justicia. Au revoir, Marjane. Hasta la vista.
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