Opinión
Un gobernante empecinado
Un repaso a la situación del PSOE y su líder
Los escándalos de corrupción que cercan al PSOE y a Pedro Sánchez y su entorno familiar no parecen afectar al declarado propósito del Presidente de agotar la legislatura y convocar elecciones generales en 2027. Los bramidos de la oposición nacional de derechas (PP y Vox), que tildan al Gobierno de "mafia" o de "organización criminal", hace tiempo que resuenan en los cielos y la tierra, pero no conmueven al líder socialista, cada vez más delgado y demudado, sí, pero tenaz en su contrafáctico empeño de gobernar sin mayoría parlamentaria. O sea, a golpe continuo de negociación asimétrica con unos y otros, de depender del error de un diputado popular en una votación electrónica para obtener la convalidación de un decreto-ley (verdadero caso de ruleta rusa), de aprobar una amnistía blasfematoria contra el principio de igualdad ante la ley y la dignidad del Estado, de bloquear una y otra vez no solo las iniciativas legislativas de la oposición, sino también las que debían tramitarse de urgencia al tratarse de proyectos de ley derivados de decretos convalidados bajo palabra de honor. Y es que en España, sorprendentemente, el filibusterismo parlamentario se practica desde el Gobierno, gracias a su control de la Mesa del Congreso. Por el Senado, donde el PP posee mayoría absoluta, Sánchez ni aparece, y muy poco sus ministros, a pesar de la obligación constitucional de hacerlo a petición de las Cámaras (art. 110.1).
Lo de la corrupción del PSOE (los tinglados de Ábalos, Koldo, Cerdán, Leire, Zapatero...), como antes la del PP, partido condenado penalmente por la trama Gürtel, es muy grave, desde luego, y promete serlo todavía más a medida que los distintos procesos judiciales avancen, con terrible lentitud geológica, hasta su conclusión por sentencia. Ahora bien, en el estado de cosas existente, ¿debe Sánchez convocar elecciones ya mismo en virtud de elementales razones de ética democrática? Alguien podría pensar, sin atreverse a decirlo públicamente, que más robó Franco y que todos estos episodios de actualidad, comparados con la cleptocracia estructural del régimen franquista, son minucias. Pero Franco jamás se guió en su conducta por principios democráticos, sino, en cuanto a rapiña se refiere, por el ancestral criterio del botín del vencedor, además de la patrimonialización del poder público. Por su parte, ministros y cortesanos socialistas propagan sospechas y desconfianzas hacia los jueces, y llaman al enrocamiento y la resistencia. El Consejo del Poder Judicial, bien lógicamente, se escandaliza ante estos desafueros del "deslenguaje" político.
Yo creo que hace mucho tiempo que el Presidente Sánchez debió llamar a las urnas. No a causa de las denuncias de corrupción, que, hasta donde hoy se sabe, todavía no le ha implicado directamente, sino por una regla democrática elemental: carece de mayoría parlamentaria para gobernar. Lo evidencia clamorosamente su impotencia para hacer aprobar una Ley de Presupuestos a lo largo de toda una legislatura de verdadera pesadilla. Empeñarse en resistir al frente del Ejecutivo sin aplicar una política económica propia –más allá de trasponer Directivas de Bruselas– no es gobernar, sino mariposear y zascandilear. Pedro Sánchez, en efecto, no gobierna, sino que simplemente lo finge al estar siempre en movimiento: corre, vuela, negocia, salta al vacío, va y viene de un sitio a otro... y eso es todo. Siempre fue, ya desde el inicio de su carrera política al frente del PSOE, un corredor como Forrest Gump. Este corría para vencer una pena muy honda, Sánchez para disimular su debilidad parlamentaria.
Nadie puede negar, ello no obstante, su extraordinaria capacidad de supervivencia política, su dominio del trapecio, el alambre y demás artes circenses. Ni, por supuesto, su plena convicción de que el lema a seguir sigue siendo el de "Pedro first". Su último anuncio, hace pocos días, en el Cercle d’Economía barcelonés, de llevar al Congreso en tiempo y forma unos Presupuestos "sociales" para 2027 constituye una idea genial. No, ciertamente, para tener por fin unos Presupuestos, sino para "retratar" a la oposición y a la vez convertir el proyecto presupuestario en programa electoral. Si no hay, en el ámbito de las investigaciones judiciales, un grave episodio de corrupción que le incrimine directamente, Sánchez dispondrá de muchos meses de idas y venidas, vueltas y revueltas, en el proceso negociador, y si este fracasa podrá culpar ante el país a sus adversarios y dirigirse al cuerpo electoral para que respalde un proyecto político (en materia, sobre todo, de vivienda) de alto voltaje social. Y todo ello sin el riesgo propio de plantear una cuestión de confianza, como algunos le piden. Genial, ya digo.
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