Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Oscar R. Buznego

La sintonía del Papa

Un aliento a la esperanza de que surjan liderazgos nuevos

El Papa pide la palabra. Con respeto. Reconoce la heterogeneidad social y el pluralismo religioso. Los anunciadores de la globalización comprendieron con gran lucidez que la sociedad advenida, bajo el impulso del torbellino tecnológico, uniforma los estilos de vida y nos empuja simultáneamente a individuarnos de manera irreversible. Y el Concilio Vaticano II admitió de una vez por todas la libertad religiosa y la diversidad resultante de credos. La sociedad española es, como siempre ha sido, plural; de un pluralismo notable y en ocasiones conflictivo. Y la iglesia también. El Papa lo sabe bien y solicita que se respeten las distintas creencias, actitudes, e identidades, las diferencias en suma, para poner en práctica un diálogo que fructifique en una convivencia donde quepamos todos, pacífica, justa y promisoria.

El Papa escucha con atención y quiere decir algo. Distingue la política de la moral y la religión. La comunidad eclesial no debe confundirse con la comunidad política. Es una parte de esta. Los legisladores tienen legitimidad propia para hacer su trabajo con autonomía. La fe no se impone, pero tampoco puede ser relegada al silencio como si fuera irrelevante. La iglesia tiene derecho a expresarse en público y que su voz sea respetada y tenida en cuenta. La política debe aceptar una medida que la supera. La dignidad del ser humano es el principio cardinal y precede a toda concesión del Estado. La misión de la política, alzando la mirada, no consiste en proteger una dignidad abstracta, sino la de cada persona de carne y hueso.

Otro principio nuclear del orden social debe ser la libertad. De ahí la necesidad de poner límites estrictos al poder, que en todo caso es exigible que sea legítimo. Pero no basta que la libertad esté garantizada frente a todo tipo de coacciones, como preconiza el liberalismo clásico. Ha de ser una libertad que confiera al individuo oportunidades para contribuir a la comunidad. La libertad así entendida, que se aproxima al concepto de "libertad positiva" de Isaiah Berlín, acciona una política orientada al bien común, a forjar una comunidad inclusiva y cohesionada. La grandeza de una nación, afirma León XIV, reside en la protección que reciban las vidas más frágiles.

El Papa postula una cultura de la reciprocidad. Aboga por el respeto y la consideración del adversario ideológico. Propone el diálogo, por mucha tensión que tenga que soportar, y rechaza de plano la guerra. Aspira a una amistad cívica local y universal. Y manifiesta su deseo de que España sea tierra de encuentro. Rememora la gran obra de la escuela de Salamanca, que abrió paso a la filosofía política moderna. El Papa se apoya en las aportaciones más provechosas de la tradición cristiana, pero no excluye, sino que enriquece su discurso con las ideas de otras corrientes del pensamiento. Es un Papa consciente de la crisis que vive el mundo, receptivo a tomar en consideración todos los planteamientos, y con criterio.

No podía ser más oportuna la visita del Papa a España. Su mensaje no está hecho de buenas palabras, sino de palabras buenas. Falta hace superar la polarización que nos enfrenta maliciosamente y nos ata, y una profunda renovación moral. Podríamos estar de acuerdo. La Iglesia no es ajena a esta situación. En España ha menguado el número de creyentes y practicantes, y la Iglesia es una de las instituciones peor valoradas. Tiene asuntos internos fuertemente cuestionados, que no figuraban en la agenda de la visita. Pero la Iglesia está obligada a mirar en su interior. Quizá el discurso del Papa sea el preámbulo de cambios en su organización, su gobierno y tantas otras cosas. Su discurso alienta la esperanza en que surjan liderazgos políticos nuevos, que nos saquen del ambiente en el que nos hemos enredado y despierten la confianza de los ciudadanos. Firma un no creyente.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents