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Papanatas

Una intervención bien hilvanada de León XIV en el Congreso –propia del Jefe de la Iglesia, no de un Jefe de Estado– dejó en evidencia una vez más la capacidad cognitiva de nuestros legisladores que aplaudieron larga y encendidamente un discurso, más que crítico, demoledor sobre lo que legislan. De modo inaudito, haciendo suyos los principios que el catolicismo considera morales por encima de la propia Ley –sin ir más lejos en los casos del aborto y de la eutanasia– el ejemplo de incongruencia resultó apoteósico.

Pero bueno, así es la vida. Por eso están los aplausos que celebran una idea y los aplausos que celebran la posibilidad de apropiarse de media idea. Los segundos suelen ser más largos. Eso explicaría el entusiasmo por las palabras de León XIV, que fueron acompañadas por un asentimiento tan unánime que, por un instante, pareció que la política había descubierto el consenso. El Papa habló de responsabilidad, de límites, de dignidad humana, de deberes, de solidaridad y también de los efectos de decisiones legislativas que, casualmente, muchos de los presentes han defendido con notable convicción. Fue un discurso incómodo por la razón sencilla de que no cabía entero en ninguna pancarta. Allí donde el orador formulaba una crítica, cada grupo halló una frase que parecía dirigida al contrario. Cuando hablaba de excesos, todos pensaban en los excesos ajenos. Cuando advertía sobre los riesgos de una política determinada, la advertencia viajaba automáticamente al escaño de enfrente. Y cuando el mensaje alcanzaba algún punto verdaderamente incómodo para quien escuchaba, se producía el fenómeno habitual de la discreta amnesia selectiva. Al terminar, cada formación salió convencida de haber sido respaldada por el Santo Padre y de que la reprimenda, en realidad, era para los demás. No solo se aplaudió el discurso en el estricto sentido del papanatismo. Se aplaudió la posibilidad de desmontarlo, repartirlo y quedarse con las piezas útiles.

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