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¿Magnífica Humanidad?

El acto del Papá León XIV, este martes por la tarde, en el estadio de Montjuic, tuvo momentos de gran brillantez y profundidad, de tal modo que en una clasificación no apasionada deberíamos anotar un Montjuic 2-Bernabéu 1. En determinadas partes del acto, el Papa Prevost habló del dolor y del sufrimiento en términos que se deberían considerar.

Pero antes conviene aporta algunas observaciones, tales como que el volumen de dolor y de sufrimiento de cientos de millones de personas que se acumula y crece en el planeta hace dudar de las palabras con las que el Papa León XIV abre su reciente encíclica "Magnifica Humanitas". El concepto de humanidad es de un nivel abstracto y metafísico alarmante, es un término gravemente confuso que pretende decirlo todo y no decir nada, que presupone una identidad de los individuos como pertenecientes a una condición humana común, sea buena o mala, desarrollada o infradesarrollada, gozosa o quejosa, feliz o desgraciada. Pero en cualquier caso extremadamente diversa que va desde la infancia que nace e inmediatamente muere de hambre, o la infancia que es esclavizada y condenada a revolver en los vertederos de basura, o a tomar el fusil de una milicia y comenzar a a matar; o la infancia que jamás conocerá ni un colegio ni un hospital. Pasaríamos después a las condicionas, unas aceptables, otras pletóricas, del primer mundo, dentro de el cual existe no obstante lo que antes se llamaba el cuarto mundo, tan desgraciado como el tercero. Y más arriba se hallan las cúspides de la opulencia, medibles por la eslora de sus yates o el volumen milmillonario de sus inversiones financieras.

Si algo es hoy la humanidad es una pirámide de sacrificios en la que los niveles mas bajos dan servicio a un mundo que se estira hacia arriba adelgazándose en la consecución de los fines de las personas. Incluso aquella pequeña humanidad posterior a la creación por Dios del hombre y de la mujer se deslizó rápidamente hacia el asesinato más salvaje y en tiempos sucesivos la humanidad creciente fue malográndose hasta que Yahveh mandó parar mediante un diluvio universal.

Sin embargo, y pese a todas las objeciones, existe una visión cristiana del mundo que podría resumirse en aquella obra del teólogo jesuita José Ignacio González Faus titulada "La nueva humanidad. Ensayo de cristología". La convicción de que Cristo ha señalado con su vida una nueva definición de lo humano y con ello de la esperanza de los individuos se articula mediante la formulación de la existencia de un alma inmortal, de una pervivencia del individuo más allá de la muerte a causa de la resurrección del Hijo de Dios.

No obstante, la explicación de que infinidad de males se contradice tajantemente con un Dios infinitamente bueno, la Teodicea, sólo ha podido solucionar parcialmente el problema invocando a que aquel Jesús crucificado puso sobre sus hombros todo el pecado y el sufrimiento de los hombres para redimirlos.

Pues bien, siendo dudosa la expresión "Magnifica Humanitas", volvamos a Montjuic para atender al Papa León XIV. Una joven llamada Carmina, profesora de educación secundaria de Hospitalet, le explica al Pontífice que ha padecido "depresión, una enfermedad silenciosa que afecta a muchas personas, jóvenes y adultos, y que conlleva una oscuridad, aislamiento y un dolor inmensurable". Ella misma intentó quitarse la vida en una ocasión y le pregunta al Papa Prevost: "¿Dónde podemos ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más? ¿Cómo podemos confiar en Dios, cuando parece que nada, ni uno mismo, vale la pena?".

Entonces, León XIV le responde con afecto y una combinación de pragmatismo anglosajón y de espiritualidad cristiana. "En tu pregunta, te has referido en primer lugar a la "enfermedad silenciosa" que es la depresión en un tiempo en el que la salud mental es señal de que hay algo profundamente erróneo en una cierta idea de crecimiento que somete a las personas a presiones, expectativas y tensiones que comprometen equilibrios fundamentales".

A continuación, Prevost apunta a un "un sistema sanitario que incluya entre sus prioridades este malestar invisible y generalizado, que afecta también a los jóvenes", y en en el plano espiritual evoca "esas horas de oscuridad, de angustia y de dolor que vivió Jesús cuando se acercaba la hora de su muerte; no se trata sólo de un sufrimiento personal; el Hijo de Dios está asumiendo en su propia carne toda la angustia, la soledad y el sufrimiento de los hombres".

La mística cristiana de la Cruz, supone que "frente a las situaciones más difíciles y dolorosas, cuando Dios parece ausente, debemos confiarle una vez más las cargas que llevamos en el corazón, incluso gritándole a Él, incluso protestando como Job, seguros de que de algún modo Él se hace presente y está cerca aun cuando aparentemente calla".

Tercer paso, en consonancia con aquellas recomendaciones del Papa Francisco sobre los cuidados, "en estas situaciones pienso que no podemos hacerlo solos. En las horas de dolor, debemos abrirnos a alguien que nos ayude a expresar una oración sencilla, que nos acompañe con discreción sin la prisa de explicarnos ese dolor, que nos tome de la mano y nos haga salir de ese grito".

Y último consejo, que contradice prácticas pastorales no infrecuentes, que consideran al dolor como preámbulo necesario para obtener un bien:"No debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la "voluntad de Dios" o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento".

La idea de que el sufrimiento sea necesario antes de recibir la Gracia es de raíz hegeliana, que explica el mal como una fase necesaria de la conciencia en su ascenso hacia una mayor perfección en el futuro. El Papa Benedicto XVI demolió esta idea con la afirmación tajante de que Dios nunca quiere ni permite el mal, ni siquiera como preparación previa o prueba de la persona para después recibir cosas mejores.

En suma, el Papa Frevost, ofreció su mejor versión del combate entre Dios y el mal, en este caso en forma de una enfermedad sobrevenida, y tal vez como pequeño paso hacia la humanidad magnífica.

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