Opinión
La semana en que volvió la esperanza
Los mensajes del Pontífice durante los primeros días de su viaje a España
Hay momentos que uno sabe, incluso mientras los está viviendo, que se quedarán grabados para siempre. La visita del Papa León XIV a España ha sido uno de ellos. Siete días, tres lugares –Madrid, Barcelona y Canarias– y una sensación difícil de explicar: la de haber recibido un chute de esperanza en medio de la crispación y desconfianza constantes.
La primera visita de un Papa que recuerdo fue la de Juan Pablo II a Asturias en 1989. Yo tenía apenas 17 años, pero todavía conservo algunas imágenes grabadas en la memoria colectiva de nuestra tierra: el helicóptero aterrizando en La Morgal para celebrar la misa más multitudinaria que hayamos visto aquí, la emoción de miles de personas que le acompañaron hasta Covadonga y la sensación de estar asistiendo a algo extraordinario.
Han pasado casi cuatro décadas desde entonces. España ha cambiado. Europa ha cambiado. Y por eso el paso de León XIV ha sido tan impactante.
No porque haya llenado plazas y calles. Tampoco porque haya protagonizado momentos históricos, como su discurso ante el Congreso de los Diputados. Lo verdaderamente llamativo ha sido otra cosa: comprobar que, en medio del ruido, la polarización y el desencanto, sigue existiendo un enorme anhelo de algo más grande que nosotros mismos.
Nos hemos acostumbrado a escuchar que las nuevas generaciones viven alejadas de cualquier compromiso profundo. Que son individualistas. Que han perdido el interés por las grandes preguntas. Que buscan respuestas rápidas a problemas complejos. Y, sin embargo, miles de jóvenes han demostrado exactamente lo contrario. Rezando en silencio. Sin pantallas. Sin consignas. Un recogimiento sobrecogedor en una sociedad que parece incapaz de detenerse un instante.
Y confieso que, como madre de dos jóvenes que participaron intensamente en todo lo vivido, yo también he recuperado la fe en la siguiente generación. He visto en ellos y en tantos otros una inquietud genuina por encontrar sentido, construir comunidad y comprometerse con algo que trasciende lo inmediato. Quizá los habíamos prejuzgado demasiado rápido.
Quizá también por eso la presencia de León XIV ha conectado con tantas personas. Porque el Papa no ha venido a hablar únicamente de religión. Ha venido a hablar de servicio público, de los límites del poder, de moral, de responsabilidad, de familia, de educación y de reconciliación. Valores que trascienden cualquier creencia concreta y que resultan especialmente necesarios en una España que parece haber perdido la confianza en sí misma.
Su discurso en el Congreso fue especialmente significativo. Frente a quienes presentan nuestras raíces culturales como un elemento del pasado que debe ocultarse, León XIV recordó una verdad evidente: Europa no sería lo que es sin la huella del cristianismo.
Por eso fue especialmente acertada la referencia a Francisco de Vitoria y a la Escuela de Salamanca. Porque mucho antes de que existieran las instituciones europeas ya hubo españoles que reflexionaban sobre el valor universal de la persona, la convivencia entre los pueblos y los principios jurídicos que deben regir las relaciones entre naciones.
No se trata de nostalgia ni de imponer creencias. Se trata de reconocer un hecho histórico. Nuestra concepción de los derechos humanos o la libertad de conciencia es heredera de una tradición católico-cultural que ha moldeado Europa durante siglos.
Pocas frases resumen mejor el espíritu de estos días que la recordada por Antonio Banderas durante uno de los encuentros del pontífice. Parafraseando a san Agustín, afirmó: “Decís vosotros que los tiempos son malos; sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores. Vosotros sois el tiempo”. Es una idea poderosa para la política.
Vivimos constantemente denunciando los problemas de nuestra sociedad: el deterioro del debate público, el individualismo o la falta de referentes. Pero pocas veces nos preguntamos qué estamos haciendo cada uno de nosotros para mejorar esos mismos problemas.
Los tiempos no cambian solos. Los cambian las personas. Puede que esa sea la principal enseñanza que deja esta semana. En medio de tantos discursos pesimistas, León XIV nos ha recordado que podemos comprometernos a buscar la verdad, a servir a los demás y a construir comunidad. A no resignarnos al cinismo, a no aceptar que el futuro tenga que ser necesariamente peor que el presente.
Y eso, en los tiempos que corren, ya es una extraordinaria noticia. Porque la esperanza no consiste en creer que todo irá bien. Consiste en creer que merece la pena seguir construyendo.
Esa es la convicción que España ha recuperado estos días. Hemos visto algo que no debemos olvidar: una multitud de rodillas que, paradójicamente, nos ha ayudado a ponernos en pie.
Viva el Papa. Y viva esta juventud del Papa.
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