Opinión
A quién votan las masas del Papa
La desmesurada y postiza acogida a León XIV, abrumado por la ovación del Congreso que deseaba abreviar, ha degenerado en un monumental ejercicio de "popewashing". No se juzga el hecho, sino el exceso. Se confirma que el ser humano está ávido del perdón de los pecados, en especial de los propios. Tomando distancia, el "New York Times" ha resumido que "Uno es un Papa, el otro es un ateo, ambos se oponen a Trump". El descreído del titular es Pedro Sánchez. El presidente socialista ha encomendado la rehabilitación política del Gobierno a "Su Santidad", un título divinizador impropio que debió evitar Francina Armengol desde la presidencia del Congreso.
León XIV será santo un día, como 82 de sus predecesores, lo cual garantiza su facultad de hacer milagros. Por ejemplo, lograr que el Parlamento en pleno aplauda su discurso, o que Yolanda Díaz cumpla con la etiqueta machista de vestir de negro ante el Pontífice. Sin embargo, Sánchez es un caso imposible incluso para quienes obran prodigios, y la inevitable politización de la visita obliga a plantearse a quién votan las masas que congrega el matemático estadounidense. Hubo que esperar al segundo día de la visita, para que ministros tan anodinos como Carlos Cuerpo fueran abucheados en Madrid, al dirigirse a rendir pleitesía a un líder religioso. Vox ha cargado contra Cáritas y ejecuta la política antiinmigratoria que resultaría excesiva para el PP, pero ambos se beneficiarán de la "tournée" papal.
La izquierda le ha rendido otro favor a la derecha, con el presidente del Senado prácticamente arrodillado ante León XIV, porque todos los Papas son conservadores. El programa ha ofrecido momentos de estupefacción como la homilía de Antonio Banderas, un recordatorio de que elcarnaval forma parte del ciclo católico. Entre tanta desorientación, porque elPapa elogia las "decisiones compartidas" del Congreso más empecinado de la historia, solo sobresale la valentía de Felipe VI, al confrontar al Pontífice con los abusos sexuales del clero en un pasaje dilatado e inmisericorde de su discurso. A Armengol se le olvidó este capítulo, en un sermón empalagoso que obliga a desear que comience el "sportwashing" del Mundial.
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