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Lo creíamos a pies juntillas

La evolución que produce el paso del tiempo desde que somos pequeños

Manuel Gutiérrez Claverol es geólogo

Quién no creyó en los Reyes Magos de oriente, en el Papá Noel, en el ratoncito Pérez, en que los niños los trae la cigüeña o que vienen de París, en el personaje imaginario denominado el coco, etcétera. Todo un mundo de fantasía y magia adquirido en la etapa infantil que no distingue lo real de lo ficticio, son ideas que solemos asumir en la niñez. No es ingenuidad, sino honrar la confianza que depositan en nosotros nuestros preceptores, validando sus palabras para construir una base ética sólida, sin cuestionarlas, pues nos falta experiencia para contrastar lo que nos dicen y observamos.

Así pues, los adultos juegan un papel trascendental en este evento, ya que los credos infantiles no deben ser percibidos como una ingenuidad, sino como un acto de profunda fiabilidad en los tutores (padres, familiares, profesores) a los que se considera que siempre tienen razón, constituyendo por tanto la principal fuente de verdad.

Las creencias infantiles no son perennes, pues hacia los 5 o 6 años ―época coincidente con la Primera Comunión―, aunque aún perdura un cierto pensamiento mágico, pues se mezclan los cuentos, los deseos y las entelequias, comienza a intuirse que otros tienen ideas distintas a la nuestra y se evoluciona de la comprensión inicial a entender doctrinas apócrifas, a pesar de seguir creyendo, por ejemplo, que lo que se ve en televisión es real, lo escrito en un libro es incuestionable o que los profesores están exentos de mentir. Sin embargo, cuesta distinguir entre posibilidad, ficción y realidad, dado que algo dicho con seguridad suele resultar suficiente para ser asentido como verosímil.

Más tarde, durante la adolescencia y la madurez, se acentúan los sesgos satíricos, permitiendo abandonar paulatinamente las certezas infantiles. Comenzamos a formular preguntas del tipo: ¿por qué?, ¿para qué?, ¿y tú cómo lo sabes?, ¿quién lo dice?, ¿cómo se demuestra?, ¿qué pruebas hay?, ¿podría ser inexacto? o se manifiestan exclamaciones definitorias tales como ¡no lo entiendo! Cuando esto ocurre, aumenta el escepticismo y cesan muchas de las supersticiones y explicaciones irreales de la infancia y se pasa del adoctrinamiento a una postura analítica. Empiezan a cuestionarse entonces no solo los mitos preadolescentes, sino también las normas familiares, los dogmas religiosos y las ideas políticas y sociales, sin percatarnos de perder la identidad.

Al crecer se desarrolla el pensamiento crítico ―lo que no significa llevar la contraria― y estas ideas tempranas las contrastamos con fuentes y la experiencia, descubriendo que los personajes y mitos se desvanecen al detectar incoherencias prácticas, y también se rompe la infalibilidad de nuestros mayores al ver errores, contradicciones o injusticias. Sin embargo, no suelen abandonarse del todo las ideas aprendidas ni los principios identitarios, sean religiosos, sociales o culturales. Muchas opiniones experimentadas no son falsas por su contenido, sino por no haber pasado el filtro de la duda.

El problema persiste cuando no se fomenta la incertidumbre, se prohíben las preguntas o se premian los actos de obediencia sin comprender. Es preciso educar para pensar de una manera crítica sin destruir la imaginación, ello conlleva la ausencia del castigo por dudar, la burla y/o la exclusión social, pues sino el cerebro concluye "cuestionar es peligroso", lo que congela la creencia en estado infantil. De hecho, algunas convicciones de la niñez sobreviven en la adultez si nunca se practicó el pensamiento crítico.

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