Opinión
La mira de Lúculo: La disputa servida en taza
El café y el té forman parte de una de las discusiones eternas; son siglos de competencia y ninguno ha logrado derrotar al otro

La mira de Lúculo: La disputa servida en taza / Pablo García
Hay discusiones que parecen eternas. ¿Mar o montaña? ¿Tortilla de patatas con o sin cebolla? ¿Beatles o Rolling Stones? Pero pocas han recorrido tantos siglos, continentes y sobremesas como la que enfrenta al café y al té. Dos bebidas estimulantes, dos formas de entender el descanso, la conversación y hasta el carácter. Dos líquidos que han inspirado imperios, revoluciones, poemas, hábitos domésticos y pequeñas obsesiones cotidianas. Para mí que no soy un consumidor voraz, ambos representan hábitos digamos temporales; el café es más de las mañanas, o del final de un almuerzo, y el té, ocasional, depende del momento y de la hora del día.
Todo esto comienza mucho antes de que existieran las cafeterías con wifi o las casas de té de diseño. El té presume de una antigüedad legendaria. Según la tradición china, fue descubierto antes de nuestra era cuando unas hojas cayeron accidentalmente en el agua caliente que hervía para el emperador Shen Nong. Como suele ocurrir con las grandes invenciones, nadie sabe con certeza si sucedió así, pero la anécdota tiene el encanto singularísimo de que el primer consumidor de té de la historia podría haber sido víctima de una hoja despistada. El café, por su parte, cuenta con una leyenda igual de pintoresca. En las montañas de Etiopía, un pastor llamado Kaldi observó que sus cabras se ponían cachondas después de comer unas bayas rojas. Las cabras saltaban, corrían y parecían dispuestas a organizar una fiesta improvisada en mitad del rebaño. Intrigado, Kaldi probó aquellos frutos y descubrió sus propiedades estimulantes. Si la historia es cierta, la humanidad debe una parte importante de su productividad a unas cabras hiperactivas.
Desde sus respectivos lugares de origen, ambas bebidas iniciaron conquistas silenciosas. El té se extendió por Asia y acabó convirtiéndose en una institución cultural. En China y Japón desarrolló ceremonias refinadas donde cada gesto tenía significado. El café viajó por el mundo árabe, donde nacieron los primeros establecimientos dedicados a consumirlo en compañía. Aquellas casas de café, mucho más que simples locales, eran además centros de conversación, debate político, intercambio comercial y, probablemente, también de chismorreo. Cuando ambas bebidas llegaron a Europa, comenzó una especie de competencia internacional que todavía continúa. El té halló un aliado formidable en Inglaterra. Los británicos lo adoptaron con tal entusiasmo que terminaron organizando parte de su vida social alrededor de la famosa hora del té. Tomar una taza a media tarde dejó de ser una costumbre para convertirse en una institución nacional. Hay quien sospecha que el Imperio británico sobrevivió durante siglos gracias a una combinación de disciplina naval y abundante provisión de tetera. A C. S. Lewis se le atribuye la resignada reflexión de no haber encontrado nunca una taza de té lo suficientemente grande y un libro lo bastante largo para saciarse.
El café, entretanto, conquistó ciudades como Viena, París o Venecia. Los cafés europeos se transformaron en auténticos laboratorios intelectuales. Escritores, filósofos, músicos y periodistas discutían durante horas alrededor de tazas humeantes. Algunos historiadores sostienen que muchas ideas de la Ilustración nacieron entre cucharillas, periódicos y mesas de mármol. No es difícil imaginar a varios pensadores revolucionarios pidiendo otra taza porque la libertad, la igualdad y la fraternidad requieren una considerable dosis de cafeína. Con el tiempo, la disputa entre café y té adquirió matices casi psicológicos. El amante del café suele presentarse como una persona práctica, directa y amiga de las decisiones rápidas. Su bebida no suele sugerir contemplación sino acción. El aroma que desprende entra en una habitación como un personaje con confianza en sí mismo. No pregunta si puede pasar; simplemente llega y anuncia que ha comenzado el día.
El té cultiva una reputación más serena. Invita a la pausa, a la conversación relajada y a cierta elegancia doméstica. Mientras el café parece decir "vamos, tenemos cosas que hacer", el té responde "está bien, pero primero sentémonos un momento". Naturalmente, estos estereotipos son injustos. Existen consumidores de té capaces de dirigir una multinacional antes del desayuno y cafeteros perfectamente dotados para contemplar una puesta de sol durante dos horas.
La gastronomía ha sabido aprovechar las virtudes de ambos. El café aporta profundidad, amargor y notas aromáticas que enriquecen postres tan célebres como el tiramisú veneciano. También aparece en salsas, marinados y preparaciones contemporáneas donde aporta intensa complejidad. El té, por su parte, ofrece una diversidad sorprendente. Los verdes, negros, blancos y oolong despliegan perfiles aromáticos capaces de acompañar desde pescados delicados hasta elaboraciones de alta repostería. En las últimas décadas han surgido especialidades capaces de desorientar a los puristas. Cafés filtrados con precisión científica, tés servidos como experiencias gastronómicas, bebidas híbridas, espumas, especias y combinaciones que habrían dejado perplejos tanto al emperador Shen Nong como al pastor Kaldi y sus célebres cabras. Quizá por eso la rivalidad sigue viva. No se trata únicamente de sabor o de contenido en cafeína. Café y te representan tradiciones culturales distintas, maneras diferentes de relacionarse con el tiempo y con los demás. Uno convoca la energía inmediata; el otro propone una atención más pausada. Uno inspira tertulias rápidas en la barra; el otro invita a conversaciones largas junto a una ventana. Tras siglos de competencia ninguno ha logrado derrotar al otro.
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