Opinión
El Papa tiene un truco
Laura Pérez Macho es periodista y politóloga
El Papa León XIV se cambia de ropa para celebrar el oficio en una esquina de la capilla de la Virgen de los Dolores, en la Catedral de Santa Ana, Las Palmas, sede de la “Iglesia de frontera” que es la diócesis de Canarias, como bien le explicará minutos después el obispo José Mazuelos. Toca quitarse la sotana y la esclavina blancas con las que acaba de acceder al templo tras sacudir el hisopo del agua bendita sobre el solideo abajado de un grupo de prelados.
El jefe de la Iglesia Católica, que en breve dirá a sus sacerdotes, citando a su predecesor el Papa Francisco, que no se conformen con ser meros “funcionarios”; se levanta del reclinatorio y camina lento hacia la esquina derecha de la habitación de piedra, donde se va a mudar de casulla.
Cobijado tan solo por uno de los escoltas de su guardia personal y asistido por otros dos que sujetan el portatrajes, como un actor en el cambio de acto, se apresura a despojarse de la vestimenta que traía en el coche desde el puerto de Arguineguín -retrato de una hipócrita política migratoria y de la despiada maldad de los traficantes de personas, como denunciará durante sus dos días en las islas-.
La escaleta del programa debe decir que tiene solo unos instantes para sacarse por la cabeza una prenda y meterse rápidamente otra; mientras fuera, frente al altar, le esperan centenares de isleños, expectantes y emocionados por el sentimiento religioso, seguro, pero también por saberse convidados a un acto histórico. Agitando abanicos sobrellevan la ilusión de ser parte del fenómeno fan que ha despertado en muchos el nuevo Santo Padre durante su viaje a nuestro país. Hasta los medios de comunicación más críticos han certificado el gran impacto sobre la vida pública española de este hombre bueno e inteligente -como acreditan sus obras religiosas, académicas y laborales-, un líder que irradia autenticidad a través de un gesto tímido y contenido, pero sólido y determinado, rotundo.
Millones de personas le estamos viendo así, de extranjis, cambiarse el hábito en la señal en directo que desde hace seis días transmite casi permanentemente la televisión estatal, amplificando como nunca los mensajes del Evangelio en los bares, plazas y hogares de una España cada vez más dividida entre bandos de opinión fácil, superflua y exaltada.
Aunque debiera ser un momento secreto entre bambalinas, en esa puesta en escena perfecta y bella de la que ha hecho gala el protocolo católico en todas estas jornadas; alguien se ha olvidado de cambiar de plano en la cabina de realización, y el fallo nos da la oportunidad de adivinar fugazmente a Robert Prevost, un hombre de 70 años al que ya empieza a notársele cansado, tras casi una semana de una intensísima agenda que exigiría un alto desgaste emocional, intelectual y físico al más pintado. Pero Bob -para sus amigos-, matemático, misionero, aficionado deportista y jefe desde hace años, con una tesis doctoral sobre cómo mandar bien en una comunidad de frailes, se concentra para volver a escena.
En el vestidor de campaña también está su secretario, Edgard Rimaycuna, en el estelar papel secundario de apoyar a un líder que guía, inspira y trabaja como el que más. Pero la verdadera amistad concede licencias como ahorrarse contemplaciones cuando uno empieza a estar agotado, así que Prevost lo rebasa de lado, se diría que ni lo mira, y plantado frente a la pared vacía, cabizbajo, se despoja primero de la cruz pectoral de plata, y se la entrega al ayudante echando la mano por debajo hacia atrás…
Cambio de plano. El realizador nos aparta de fisgar cómo termina de ponerse la muceta roja el Papa. Alguien debe de haberle advertido… RTVE vuelve a emitir la imagen de la nave central con el plano de los que le esperan sentados.
Y en el tiempo que tarda el coro en cantar cuatro veces el estribillo de “Alza la mirada”, el himno del viaje, León XIV está subiendo las escaleras del altar y poniéndose manos a la obra: le quedan tres discursos más -y serán 22 en total los pronunciados- para acabar de cimentar las bases doctrinales de su etapa como sucesor de Pedro, una construcción en piedra que ha querido levantar en España, a la luz de la primavera de Velázquez y de la técnica con amor de Gaudí.
Este Papa, que ahora ya sabemos que es humano y se cansa, abre la liturgia y conduce el acto con la solvencia de quien lo ha hecho centenares de veces. Como en todos los del viaje, sonríe con la mirada a los participantes que le cuentan sus vivencias, les regala un rosario, entona bien, está presente, escucha de forma consciente, mastica su homilía queriendo traspasar el corazón con las palabras (al más puro estilo agustino), saluda protocolario a decenas de autoridades, bendice bebés que le llegan volando en brazos -dicen que unos 200-, y estrecha sentidamente a las almas sufridoras…
Y ése parece ser el truco de León XIV para sonar creíble en medio del ruido de la actualidad y transmitir el carisma que envidian hoy tantos políticos y asesores: desgastarse, entregarse, amar lo que se hace y servir a los demás. Un truco que quizá no cabe en las clases de una tarde sobre cómo hablar en público. Transitar por la vida intentando ser unidad coherente de pensamiento, sentimiento, palabra y obra; ejercer el cargo sin sucumbir a la mecánica cínica del teatro audiovisual y de la mera conservación del poder.
Esto que nos ha mostrado Robert Prevost es tan antiguo como la propia civilización occidental y uno de los fundamentos de la democracia liberal. Praeposti sumus, et servi sumus; praesumus, sed si prosumus, que escribió San Agustín. “Estamos al mando si somos de utilidad”, en resumen.
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