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Crecer en el desacuerdo

La necesidad de confrontar huyendo de la polarización

Nos hemos acostumbrado a huir. A cerrar la puerta en cuanto algo nos incomoda o nos obliga a mirarnos sin filtros. Nos dijeron que la paz mental consiste en rodearnos solo de aquello que confirma lo que ya creemos: personas que asienten, discursos que no cuestionan, miradas que no incomodan. Y así empezamos a confundir el bienestar con la comodidad, y la calma con el silencio. Pero crecer nunca fue un acto silencioso.

Hay personas que llegan a nuestra vida como un desafío. No traen palabras amables, sino preguntas. Son espejos que no siempre devuelven la imagen que queremos ver. Muchas veces, en lugar de agradecerlas, las evitamos. Las llamamos tóxicas o incompatibles, cuando en realidad lo que hacen es tocar una fibra que preferiríamos no agitar.

Gran parte de lo que somos —nuestro criterio, nuestra identidad, nuestra forma de ver el mundo— se construyó en la fricción: en la conversación incómoda, en el desacuerdo que nos obligó a pensar mejor, en el encuentro con alguien distinto que amplió nuestra mirada. Una convicción que nunca fue cuestionada no es una convicción fuerte.

Vivimos en una época donde cualquier incomodidad se interpreta como una amenaza y cada desacuerdo parece una agresión. Nos alejamos antes de escuchar. También en la política ocurre: hace falta más Dalai y menos Putin; más Gandhi y menos Trump.

Tal vez la verdadera paz mental no esté en evitar el conflicto, sino en aprender a atravesarlo. Porque no todo lo que incomoda destruye: a veces, simplemente nos hace crecer.

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