Opinión
Nietzsche y Dios
Estos días, Madrid, Barcelona y Canarias se han llenado de banderas blancas y amarillas, de vigilias nocturnas y de multitudes que aguardaban horas para ver pasar al Papa León XIV. Las plazas se han desbordado, los estadios se han quedado pequeños y los telediarios han abierto con la misma imagen repetida: un mar de gente buscando, con una mezcla de fervor y alivio, la mirada de un hombre vestido de blanco. Frente a esa estampa, resulta difícil no volver la vista hacia Nietzsche y preguntarse si, en efecto, no nos precipitamos.
El filósofo alemán proclamó la muerte de Dios no como una blasfemia gratuita, sino como un diagnóstico: la sociedad occidental, decía, ya no necesitaba ese fundamento trascendente para sostener su moral, su ciencia ni su sentido del mundo, porque el filósofo alemán, veía a Dios como un concepto. Nietzsche afirmaba que Dios era un concepto, una metáfora para explicar el mundo y ya no lo necesitábamos. Dios había muerto porque ya no cumplía ninguna función necesaria; el hombre, liberado de ese tutor cósmico, quedaba por fin a solas con su propia responsabilidad, llamado a convertirse en creador de sus propios valores.
Y sin embargo, basta mirar alrededor para sospechar que aquel diagnóstico fue, cuando menos, optimista. Vivimos rodeados de una flagrante ausencia de moral compartida: la mentira convertida en estrategia, la crueldad normalizada, el desprecio por el otro disfrazado de opinión legítima. Si la muerte de Dios debía dar paso a hombres más libres y más responsables, cabe preguntarse por qué, lejos de eso, parecemos cada vez más desorientados, más ávidos de certezas externas que nos digan qué está bien y qué está mal.
La visita del Papa, y sobre todo la respuesta masiva que ha provocado, funciona como un síntoma de ese desconcierto. No hace falta compartir la fe católica para advertir que lo que mueve a tanta gente no es solo la devoción religiosa, sino una necesidad más profunda: la de un vigilante supremo, una figura que ordene el caos, que trace una línea entre el bien y el mal y que, desde algún lugar elevado, siga mirándonos.
Confieso que no termino de entenderlo. Siempre he defendido la libertad como el rasgo más noble del ser humano, su capacidad de pensar y de actuar sin necesidad de tutores. Pero entonces, ¿por qué seguimos comportándonos como un rebaño que, pese a proclamarse adulto e ilustrado, no deja de buscar un pastor que lo mire desde el Vaticano? Quizá Nietzsche no se equivocó al matar a Dios, sino al suponer que, una vez muerto, no volveríamos a resucitarlo.
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