Opinión
Apagar el móvil no basta
El debate educativo en Asturias sobre los teléfonos en las aulas mientras la inteligencia artificial espera al otro lado del timbre
Marina Dáder Suárez es ingeniera de datos, forma parte de la primera promoción de su titulación en la Escuela Politécnica de Gijón y se ha especializado en inteligencia artificial, innovación y transferencia tecnológica ligadas a la educación
Una profesora corrige trabajos en la mesa de la cocina. Es tarde. La casa tiene ese silencio cansado de los días largos. Lee una redacción, subraya una frase, vuelve al principio. Algo no encaja. El texto es limpio, ordenado, demasiado razonable. No hay una idea torcida, una expresión rara, la torpeza propia de alguien que todavía aprende. No hay rastro de alumno. Hay una voz sin edad, sin miedo, sin barro. Una voz que escribe bien y no dice nada.
La profesora no sabe si está ante un estudiante que por fin ha encontrado su voz o ante una máquina que ha aprendido a imitar la suya. Ese es el problema. Y ese problema no cabe en una caja de móviles.
Hemos hablado mucho de prohibir teléfonos en las aulas. Con razones. Hay clases partidas por notificaciones, recreos sin conversación, conflictos que empiezan en una mirada y terminan en una pantalla. La escuela necesita recuperar atención, presencia, ese aburrimiento fértil del que nacen algunas preguntas. A veces 1Opinión La Nueva España apagar es necesario. Nadie lo discute. Pero apagar no es educar.
La tecnología que está transformando la educación no vive en el bolsillo de un adolescente. Está en el buscador que resume, en el asistente que redacta un comentario de texto con la seguridad de quien nunca ha dudado, en el programa que entrega una respuesta antes de que el alumno termine de formular la pregunta. La inteligencia artificial no entra en clase haciendo ruido. No llama a la puerta. Espera fuera, al otro lado del timbre, y acompaña al alumno de vuelta a casa. Podemos confiscar teléfonos durante seis horas. El algoritmo sigue allí a las tres de la tarde.
Los jóvenes asturianos ya usan estas herramientas. Las usan para estudiar, para buscar trabajo, para entender el mundo. Lo hacen solos, sin que nadie les haya explicado cómo funciona lo que tienen delante, qué errores comete, qué sesgos arrastra, cuándo ayuda a pensar y cuándo piensa en su lugar. Aprenden por ensayo y error, con TikTok y tutoriales de YouTube como únicos profesores. Eso no es alfabetización digital. Es abandono con pantalla.
La pregunta no es si los jóvenes van a usar inteligencia artificial. Ya la usan. La pregunta es si van a aprender a usarla con criterio o si los dejamos crecer creyendo que obtener una respuesta en tres segundos equivale a entenderla.
Tres segundos son muy poco tiempo para pensar.
El peligro tampoco está solo en copiar. Copiar ha existido siempre, con chuletas, enciclopedias y primos mayores demasiado generosos. La IA cambia algo más hondo, la relación con la duda, con el esfuerzo, con la autoría. Antes, no saber era el principio del aprendizaje. Ahora puede durar un parpadeo. Y lo que desaparece en ese parpadeo no es la ignorancia, sino la fricción que convierte una pregunta en pensamiento.
Una herramienta que escribe, resume y argumenta puede ser extraordinaria. También puede fabricar estudiantes obedientes a respuestas que no comprenden. La diferencia la pone quien enseña a usarla. Y eso no lo hace una norma. Lo hace una persona.
La inteligencia artificial tiene una virtud peligrosa. Suena convincente incluso cuando se equivoca. Redacta con aplomo. Puede inventar una cita, borrar un matiz, exagerar una certeza, y lo hace con una serenidad impecable. El error humano suele tropezar. El error algorítmico desfila.
Por eso la escuela no puede limitarse a vigilar. Tiene que enseñar a sospechar.
Sospechar es preguntar de dónde sale una respuesta, si la fuente existe, si el matiz que falta importa más que lo que dice. Es leer dos veces. Dudar antes de compartir. Entender que una herramienta que nunca titubea debería hacernos titubear a nosotros. Ahí el profesor vuelve a ser indispensable, precisamente por la IA, no a pesar de ella. Una máquina puede resumir una novela o resolver un ejercicio. No puede distinguir el silencio del que piensa del silencio del que se rinde. No puede convertir una duda mal formulada en una conversación que abre camino.
Asturias no debería llegar tarde. Lo vive el docente que corrige a las once de la noche sin saber qué firmó su alumno, que carga con esa duda nueva encima de todas las demás. Lo viven las familias que celebran la retirada del móvil sin saber qué hacer cuando su hijo llega a casa y termina los deberes en veinte minutos con ayuda de una máquina. Lo viven los jóvenes, aquí, en el Nalón y en el Caudal, en la costa y en el interior, que en pocos años entrarán en un mercado laboral donde manejar estas herramientas con criterio valdrá más que muchos títulos. La Universidad de Oviedo ha empezado a mover ficha con formación en inteligencia artificial, ética y pensamiento crítico. Es una dirección sensata. Pero antes de exigir al alumnado un uso responsable, hay que acompañar a quien enseña.
Nopodemos pedir a los docentes que actúen como detectives de textos generados mientras les negamos tiempo, formación y criterios compartidos.
No podemos cargar sobre ellos otra responsabilidad y sorprendernos luego de que el sistema llegue tarde.
Las familias tampoco pueden quedarse tranquilas porque el móvil duerma unas horas fuera del aula. El problema vuelve a casa. Se sienta en la habitación. Ayuda con los deberes. Escribe la respuesta. El algoritmo no suspende. Aprende de cada clic.
La escuela no puede competir con la inteligencia artificial en velocidad. Perdería siempre. Su tarea es otra, enseñar lo que ocurre antes de la respuesta. La pausa. La duda. La pregunta que no se delega.
Prohibir el móvil puede ordenar el aula. Pero educar empieza después. Empieza cuando un joven descubre que una respuesta perfecta puede estar vacía, que detrás de una frase bien construida puede no haber nadie. Cuando entiende que escribir no es llenar un folio sino ordenar una mirada. Cuando aprende, por fin, que la inteligencia, la de verdad, no consiste en parecer brillante. Consiste en hacerse responsable de lo que uno piensa.
El timbre sonará. Las pantallas se encenderán. El algoritmo seguirá esperando al otro lado de la puerta.
Ojalá la escuela haya enseñado a mirar antes de abrirla.
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