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Zapatero, el lama hereje

El santo de la izquierda era un pecador de muchos quilates

Zapatero cruzó las puertas de la Audiencia Nacional con la solemnidad de quien ingresa en un plató sabiendo que el público ya ha votado su expulsión. Llegó como un avión y negó ante el juez toda relación con el rescate de Plus Ultra, pese a los mensajes incómodos de sus protegidos. Y sobre el joyero oculto en su despacho bajo llave, practicó el arte milenario del silencio administrativo. Seguimos sin saber si se trata del ajuar de la abuela o de un regalo envenenado del archipámpano de las Indias.

Durante años se nos explicó que Zapatero no era un político al uso, sino un “referente moral”, una especie de monje lama del progresismo, ajeno a las tentaciones mundanas. Por eso, cuando apareció el joyero, la izquierda entró en pánico. No por las joyas, sino por la herejía: el santo era un pecador. Un caradura de muchos quilates, un pana envuelto en tergal.

El expresidente, primer jefe del Ejecutivo de la democracia en España imputado por corrupción, ha optado en su defensa por el manual clásico, convenientemente arropado por la jerarquía de su partido: declararse víctima de una conjura universal, de una logia de togas, plumillas y manguitos empeñada en empapelar a los buenos para que gobiernen los malos.

El viejo tótem del socialismo patrio se ha mimetizado así con el victimismo de su discípulo aventajado, Pedro Sánchez, convencidos ambos de que la igualdad ante la ley es una metáfora inspiradora solo aplicable a terceros. Al final, son los mismos perros con distintos collares más valiosos.

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