Opinión
Huérfanos de líderes: el efecto de una voz serena en tiempos de ruido
Inmaculada González-Carbajal García es presidenta de la Fundación El Pájaro Azul
La reciente visita del Papa a nuestro país y su extraordinaria capacidad de convocatoria, que ha ido mucho más allá de los creyentes y de los católicos practicantes, me ha llevado a reflexionar sobre una posible carencia de nuestro tiempo: la falta de líderes capaces de inspirar sin dividir, de defender sus convicciones con firmeza sin necesidad de descalificar a quienes piensan de otro modo. Quizás estamos huérfanos de voces que alimenten la paz con sus palabras, que llamen al encuentro en lugar de a la confrontación y que nos recuerden que es posible discrepar sin convertir al otro en un enemigo.
León XIV expuso la doctrina de la Iglesia haciendo especial hincapié, en todas sus intervenciones, en la dignidad inherente a toda persona. Hombres y mujeres de ideologías muy diversas encontraron en sus palabras una resonancia con sus propias convicciones, aun sin compartir la totalidad de sus planteamientos; quizás porque en su discurso había algo que trascendía las fronteras de la fe y de las adscripciones ideológicas.
No fue solo lo que dijo, sino también la manera en que lo dijo. Su tono sereno, respetuoso y exento de agresividad llegó a muchos como un mensaje pacificador en medio de un clima social cada vez más crispado. Frente al ruido estridente, la descalificación y el enfrentamiento que con demasiada frecuencia dominan el discurso político, sus palabras sonaron desnudas de violencia, como una invitación al encuentro, a la reflexión y al reconocimiento de la humanidad compartida que existe más allá de nuestras diferencias.
Estamos cansados de discursos vacíos de contenido, concebidos no para invitar a la reflexión, sino para manipular emocionalmente al auditorio con consignas y convertir a los ciudadanos en seguidores acríticos. Estamos hartos de soflamas pronunciadas a menudo con una estridencia que pretende sustituir la solidez de los argumentos por el impacto del volumen. Cada vez que escucho ese ruido ensordecedor, recuerdo las sabias palabras de Fray Benito Jerónimo Feijoo: "Mal pleito tiene quien a voces lo defiende". Quizás por eso valoramos tanto a quienes hablan con serenidad y convicción, dejando que el silencio respire entre los argumentos, como sucede con la música bien armonizada que nos despierta hermosos sentimientos.
Frente al estruendo de quienes elevan la voz para ocultar la fragilidad de sus argumentos, la verdad no necesita gritos ni aspavientos para hacerse escuchar, le basta la fuerza serena que le confieren la coherencia entre las palabras y las actitudes de vida.
En la sociedad española hay muestras de cansancio hacia una clase política que ha convertido la confrontación en una forma habitual de hacer política y, mientras muchos ciudadanos afrontan problemas graves relacionados con la vivienda, el empleo, la soledad, la precariedad o la incertidumbre ante el futuro, una parte importante del debate público gira en torno a la descalificación del adversario y a la lucha por el poder.
La responsabilidad de quienes ocupan cargos públicos es mucho mayor de lo que a veces parece. Sus palabras no sólo describen la realidad: también contribuyen a crearla. Cuando el discurso político se alimenta de la sospecha, el agravio y la división, termina erosionando la confianza social y alimentando una polarización que se infiltra en la convivencia cotidiana. Por eso resultan tan valiosas las voces que, sin renunciar a sus convicciones, son capaces de defenderlas desde el respeto, la serenidad y la búsqueda del encuentro.
Sí, estamos huérfanos de líderes, de personas capaces de convertirse en referentes y de alimentar la paz no sólo con palabras, sino también con sus actitudes y su forma de estar en el mundo. Personas con las que no es necesario coincidir en todo, pero que sepan exponer sus ideas sin ofender, dialogar sin despreciar al interlocutor e invitar a una reflexión que nos impulse a ser mejores y a trabajar por una sociedad más justa, más igualitaria y más humana.
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